De sus bondades, se ponderan muchas, tantas al menos como de esas triacas de cuyo armario y orden se olvidó el boticario. La poesía -según ya se escribió- con artimañas de estratego «saca del argumento conclusión sutil». Pero ¿y lo poco airoso del escriba, su irrelevancia o equivocidad respecto a un cañamazo de vocablos y músicas de consistencia nueva o suficiente, de cierta condición escamondada para que el artilugio, al menos, no fatigue?
Temblones, cuando no desorientados por ese filo, náufragos sin leño, ni siquiera datamos ya: la fecha en que tal solipsismo se instalara aparece borrosa en los anales. No es siquiera precisa como arranque de epidemia mortal: sí frasco de perfume que gastó ya su aroma y al que un pueril apego nos impide trizar. “Cordura” 1999