Duró poco, como era de prever. Aún menos, como diría el clásico, que la verdura de las eras. Quedan, en la herida memoria -esa puta borrosa conforme caen los años- la noche en aquel faro viendo entrar las falúas en el puerto, algún afortunado calembour, la fría y lluviosa vez en que con gran ternura la cobijé en mi abrigo, el circo de la nieve en el Paular mantenido a distancia por la flor del almendro que purísima ardía aquel marzo precoz. Pienso que poco más. Si preferís otro balance bien podría ser este: la estrella de la tarde hecha pedazos y el vendaval de vidrios en mi cara, dos docenas de orgasmos no siempre compartidos y una plausible tregua para el hígado. “Cordura” 1999