¿Dónde pernoctarían el largo y frío invierno, en qué nido de musgo o en qué resto de brasas para exultar así, serenos, diamantinos, en las aún desnudas enramadas de marzo al despuntar el alba en la ciudad?
¿De qué astro de cólera y sonido me arrancó ese llamado sigiloso, qué densas capas de miseria y pánico de humo y de salsa loca del Caribe hube de atravesar como un Lázaro ebrio para escuchar al fin, con sentidos ya castos, porque lavados en vuestros arpegios, el hondo diapasón de la tierra, el aliento de la vida sin nombres, ni memorias, ni tiempos?
Lo cierto es que una rabia confusa y un espasmo de dolor agudísimo se fue haciendo sollozo por nuestra vida mala, por nuestra suerte atroz. Y que sólo tus brazos abriéndome los negros precipicios del sueño pudieron suturar la fulminante herida o aplicar el beleño que alivia sin sanar.
De “Horizonte desde la rada”