I.M. Y como andábamos ya cerca del milagro decías al azar: «Me gusta Dylan.» (Los roídos tablones que acuna la marea, el albo flamear de las gaviotas en la encendida niebla, ese fresco saludo al ocaso, su gesto ya más dulce.) «¿Sabes? Fue un accidente.» (Desiertas calles coloniales a la luz fantasmal del lento atardecer…) Calló tu voz en el teléfono y repentinamente: Todavía no hemos muerto le lancé como un rayo, vente con algo de beber y sola si es posible. Vente -decía (discursos exteriores) con tus ojos de niña asombradísima que ha robado manzanas en el huerto mayor de la cartuja, música silenciosa, pequeña perfumada de limón, joven rama florida, mal amada, te espero. Y te oía discutir de minucias, de modos de transporte, de cruces peligrosos, de ascensores no seguros del todo. Y así, como ya retrasabas y andábamos por bien pasadas luces de Nashville, Dylan dejando su palacio púrpura acompañó un buen trecho nuestros pasos mientras tú me besabas en la senda borrada por las vencidas hojas de los alerces. Se condensaba tu minúsculo aliento en grises nubecillas, oh esbelta, rabiosísima, sensitiva a los aires country songs. No temas, enlazada, no se había vuelto a su refugio de espejos y nieblas el callado muchacho del Mayflower si bien algo cansado cantaba todavía para nosotros Lay Lady Lay o Desolation Row. ¡Tantos siglos de espera, tanta hiel, tantos amaneceres ateridos junto a híspidos cuerpos sin sabor ya y remotos! Vamos pantera. Sigue girando el disco en grandes plataformas lunares. Golden Years, mi corza. Qué lágrimas inmensas y felices frente a la calma del desbordante otoño convocando a los tímidos venados con su oxidada trompa. Solos, oyendo al Brujo, qué tarde, qué tardísimo, qué de repente, alegre, dulce mía, has comprendido toda mi canción.
“Una tromba mortal para los balleneros” 1970 - 1973