Pasando yo una mañana el puerto de Malangosto asaltóme una serrana tan pronto asomé mi rostro. -«Desgraciado, ¿dónde andas? ¿Qué buscas o qué demandas por aqueste puerto angosto?»
Contesté yo a sus preguntas: -«Me voy para Sotos Albos» Dijo: -«¡El pecado barruntas con esos aires tan bravos! Por aquesta encrucijada que yo tengo bien guardada, no pasan los hombres salvos.»
Plantóseme en el sendero la sarnosa, ruin y fea, dijo: -«¡Por mi fe, escudero! aquí me estaré yo queda; hasta que algo me prometas, por mucho que tú arremetas, no pasarás la vereda.»
Díjele: -«¡Por Dios, vaquera, no me estorbes la jornada! deja libre la carrera; para ti no traje nada.» Me repuso: -«Entonces torna, por Somosierra trastorna, que aquí no tendrás posada.»
Y la Chata endiablada, ¡que San Julián la confunda! arrojóme la cayada y, volteando su honda, dijo afinando el pedrero: -«¡Por el Padre verdadero, tú me pagas hoy la ronda!»
Nieve había, granizaba, hablóme la Chata luego y hablando me amenazaba: -«¡Paga o ya verás el juego!» Dije yo:-«¡Por Dios, hermosa, deciros quiero una cosa, pero sea Junto al fuego!»
-«Yo te llevaré a mi casa y te mostraré el camino, encenderé fuego y brasa y te daré pan y vino. Pero ¡a fe!, promete algo y te tendré por hidalgo. ¡Buena mañana te vino!»
Yo, con miedo y arrecido, le prometí un garnacha y ofrecí, para el vestido, un prendedor y una plancha. Dijo: -«Yo doy más, amigo. ¡Anda acá, vente conmigo, no tengas miedo a la escarcha!».
Cogióme fuerte la mano y en su pescuezo la puso, como algún zurrón liviano llevóme la cuesta ayuso. -«¡Desgraciado!, no te espantes, que bien te daré que yantes como es en la tierra uso.»
Me hizo entrar mucha aína en su venta, con enhoto; y me dio hoguera de encina, mucho conejo de Soto, buenas perdices asadas, hogazas mal amasadas y buena carne de choto.
De vino bueno un cuartero, manteca de vacas, mucha, mucho queso de ahumadero, leche, natas y una trucha; después me dijo: -«¡Hadeduro!, comamos de este pan duro, luego haremos una lucha.»
Cuando el tiempo fue pasando, fuime desentumeciendo; como me iba calentando así me iba sonriendo. Observóme la pastora; dijo: –«Compañero, ahora creo que voy entendiendo».
La vaqueriza, traviesa, dijo: «Luchemos -un rato, levántate ya, de priesa; quítate de encima el hato» . Por la muñeca me priso, tuve que hacer cuanto quiso, ¡creo que me fue barato!