Amar es destruir: es construir el hueco del no-amor, amueblar con milagros la pira trabajosa echando al fuego lenguas, carne de ojos vencidos, piel jubilosa, dulce, nucas saladas, hombros temblorosos, incinerar silencios y comprobar la altísima calidad combustible del lenguaje. Hay estadios del cuerpo a cuerpo a cuerpo que no alcanzaron nombre en el origen. Y quién inventa hoy vocablos para el quicio fragante de una piel, nombres para los grados de tersura, acidez o tibieza de un abrazo, quién justificaría las palabras-tatuaje, las palabras tenaces como un piercing, las palabras anfibias e ilegítimas. El poeta ha dejado junto a cada palabra lo que cada palabra le pidiera al oído: derramarse indecible en otro cuerpo o estallar en un verso como válvula. El poeta, desnudo, cuelga una percha en un árbol perdido y las palabras van al poema a vestirse. De “Camaradas del Ícaro”