Pues que sin Ti, a Ti ninguno alcanza, dame la mano, del suelo levántame; y aunque la mía no tienda a la tuya, aunque sea a la fuerza arrástrame hacia Ti. A tu encuentro quería yo salir; no sé por qué no hago lo que quiero; pues cierto que mi voluntad es libre e ignoro quién impide mi deseo.
Quiero alzarme, mas no hago lo bastante: y es la causa el peso de mis terribles culpas; antes de que la muerte concluya mi proceso, dígnate, Señor, que tuyo sea, pues serio quiero; haz que tu sangre mi duro corazón ablande : de mal semejante a otros muchos ella curó. Tu tardanza denuncia tu enojo; tu piedad no halla en mí lugar .
No pequé tanto con el entendimiento como he cargado mi voluntad de culpa. ¡Ayúdame, Señor! Mas locamente te ruego, pues tú no ayudas sino a quien a sí mismo se ayuda, ya cuantos a Ti se acercan no les fallas, bien lo muestran tus brazos. ¿Qué haré, si no merezco tu ayuda, pues sé que no me esfuerzo tanto como pudiera?
¡Perdóname que te hable locamente! A la pasión se deben mis palabras. Siento pavor del infierno, al cual me llevas; quisiera volverme, y no dispongo de mis pasos. Mas también recuerdo que redimiste al Ladrón (tanto cuanto es claro que no bastaban sus obras); allá donde le place, sopla tu espíritu: ni cómo ni por qué saben los humanos.
Aunque mal cristiano sea por mis obras, no te guardo ira, ni de nada te inculpo; cierto sé que siempre obras bien, y bien haces tanto dando vida como muerte: todo es lo mismo si brota de tu poder, por lo que loco es quien contra Ti se yergue. Amor al mal, ignorancia del bien, tales son las razones por las que el hombre te desconoce.
A Ti te pido que mi corazón fortalezcas, a fin de que mi voluntad a la tuya se ligue; y pues sé que el mundo no me aprovecha, dame fuerzas para abandonarlo del todo, y del placer que el bueno en Ti gusta, alcánzame tan siquiera una migaja, para que mi carne, que se me subleva, quede satisfecha y deje de acosarme.
¡Ayúdame, Señor, que sin Ti no puedo moverme, pues mi cuerpo más que paralítico está! Tan arraigados están en mí los malos hábitos, que el sabor de la virtud me resulta amargo. ¡Oh Señor, piedad! Renueva mi naturaleza, que mala es por mi gran culpa; y si muerto puedo redimir mi falta, sea la muerte mi dulce penitencia.
Te temo más que no te amo, y ante Ti me confieso de esta culpa; turbada está mi esperanza, y en mi interior hay una terrible lucha. Te veo justo y misericordioso; tu voluntad concede gracia al sin méritos, y sin méritos los dones das y quitas a capricho. ¿Quién será tan justo, cuánto más yo, que no te tema?
Si el justo Job a Dios temía tanto, ¿qué no haré yo que en mis culpas nado? Cuando pienso en el infierno donde el tiempo no existe, se me muestra cuánto los sentidos temen. El alma, que para contemplar a Dios fue hecha, contra su Señor, blasfemando, se rebela. No es el hombre quien tan gran mal ama; entonces, ¿dónde está quien hacia tal parte camina?
Ruégote, Señor, que mi vivir acortes antes de que peores casos me sucedan; en dolor vivo haciendo vida perversa, y temo aquella muerte que es eterna. Pues aquí con mal, y allá con pena sin fin. Tómame en el instante en que mejor me halles; el retardarlo, no sé qué finalidad tiene; no ha reposo quien el viaje ha de emprender.
Me duelo de no dolerme tanto como quiero del dolor infinito, del cual dudo; pues tal dolor no lo ampara la naturaleza, ni puede medirlo el hombre, ni menos sentirlo. Si es así, pobre parece mi excusa, cuando de mi daño, que tanto es, no me espanto. El cielo pido, y no lo aprecio lo bastante: gran falta tengo de miedo y de esperanza.
Por más que irascible te presentes, ello sólo es debido a nuestra ignorancia; tu voluntad siempre es clemente, el mal que muestras es bien inestimable. Perdóname, Señor, si de algo te culpé, pues me confieso ser el único culpable; con ojos humanos juzgué tus hechos: ¡quieras darle luz a la vista del alma!
Mi voluntad a la tuya es contraria, y enemigo tuyo soy queriendo ser amigo. ¡Ayúdame, Señor, pues me ves en tal aprieto! Me desespero si mis méritos mides; me enoja el que mi vida se prolongue, y mucho dudo de que tenga término; en dolor vivo, pues mi deseo no es firme, y alterado en mí está el equilibrio.
Tú eres la meta donde todo acaba, y no es final si en Ti no termina; Tú eres el bien donde todo bien se mide, y no es bueno quien a Ti, Señor, no se parece. A quien te complace, dios Tú le llamas; para que se te asemeje, mayor grado de hombre le das; es justo, pues, que quien al diablo complace, tome el nombre de aquel a quien se conforma.
Si algún fin en este mundo se halla no es auténtico fin, ya que no hace al hombre feliz: sólo es el principio donde lo otro termina, según el curso que podemos entender los humanos. Los filósofos que el final pusieron en sí mismos, está visto que son seres discordes: señal cierta de que en la verdad no se fundaron; por consiguiente, al hombre no satisfacen.
La ley judaica por sí misma no bastaba (no se entraba con ella en el Paraíso), sino en cuanto fue principio de la nuestra, por lo que puede decirse que las dos son una. Así, toda meta totalmente humana no da reposo ni término al deseo, mas tampoco sin ella el hombre alcanza la otra; San Juan anunció la llegada del Mesías.
No tiene reposo quien otro fin persigue, pues la voluntad en nada más descansa; es cosa sabida, y no caben sutilezas, que, si no es en Ti, el deseo no termina. Así como los ríos a la mar se apresuran, así todos los fines en Ti se cumplen. Puesto que te conozco, ayúdame a amarte. ¡Que el amor venza al miedo que te tengo!
Y si tanto amor como quiero no siento, aumenta mi miedo para que, temiendo, no peque, pues no pecando, perderé aquellos hábitos que en mí fueron la causa de no amarte. Mueran quienes de Ti se apartaron; casi me dieron muerte y me impiden vivir . ¡Oh Señor! Haz que mi vida se prolongue, ya que creo que hacia Ti camino.
¿Quién me enseñará a excusarme ante Ti, cuando tenga que rendirte mis mal ordenadas cuentas? Tú me diste un camino derecho, y yo hice de la regla una hoz muy curva; enderezarla quiero, mas preciso tu ayuda. Ayúdame, Señor, pues débiles son mis fuerzas; deseo saber qué destino me reservas: para Ti es presente, pero para mí incierto futuro.
No te pido que me des salud corporal ni bien alguno natural o de fortuna, pero sí que tan sólo a Ti, Señor, te ame, pues bien cierto sé que el mayor bien de ello nace. Por consiguiente, no siento altas delectaciones ya que no me hallo bien dispuesto a sentirlas; pero hasta el más grosero de los hombres sabe que, sobre todos, el mayor bien es deleitable.
¿Qué día será en que la muerte ya no tema? Será cuando de tu amor yo me inflame, y ello no es posible sin menospreciar la vida; haz que por Ti yo desprecie la mía. Debajo de mí, entonces, estarán las cosas que ahora veo pasar sobre mis hombros; quien no teme a las garras del fiero león, mucho menos temerá al aguijón de la avispa.
Ruégote, Señor, que me hagas insensible para que nunca más ciertos deseos sienta, no tan s61o los feos que te contrarían, sino también aquellos que te son indiferentes. Tal deseo, para poder pensar sólo en Ti y poder buscar el camino que a Ti lleva; hazlo, Señor, y si de esto me arrepiento, encuentre ya para siempre tus oídos sordos.
Quítame el dolor de ver cómo pierdo el tiempo, pues, doliéndome, no puedo amarte como deseo y quiero hacerlo aunque la costumbre me lo impida; en tiempos pretéritos me cargué de culpas. Tanto valgo yo como otros que no te sirvieron, ya ellos diste no menos bien del que te pido; por ello te suplico, Señor, que entres en mi corazón, ya que en otros más abominables penetraste.
Católico soy, mas la Fe no me da calor, pues la apaga el lento frío de los sentidos. Mas ya dejo lo que mis sentidos sienten y en el Paraíso creo por fe, pero con razón juzgo. La parte del espíritu está pronta, Imas la de los sentidos sólo arrastrándola se acerca; socórreme, pues, Señor, con el fuego de la fe, hasta el punto en que mi parte fría se abrase.
Tú me creaste para que mi alma salvara, y quizá sepas que haré precisamente lo contrario. Si es así, ¿por qué, entonces, me creaste, ya que en Ti reside el saber infalible? Devuelve mi ser a la nada, te lo suplico; preferible es a una eterna y oscura cárcel; como quisiste decir acerca de Judas, yo creo que mejor sería no haber nacido hombre.
¡Preferiría, habiendo recibido el bautismo, no haber tornado a los brazos de la vida, sino haber pagado a la muerte mi deuda, con lo que ahora no viviría ya en la duda! Más temen los humanos al infierno que no los placeres del Paraíso juzgan; lo que padecemos, de aquel padecer es ejemplo, mientras el Paraíso sin sentirlo se juzga.
Dame fuerzas para tomar de mí venganza; contra Ti obré, y con gran culpa. Y si no lo consigo, castiga mi carne, pero no toques mi espíritu, hecho a tu semejanza; y, sobre todo, que mi fe no vacile y que no tiemble mi esperanza : no me faltará la caridad, si permanecen firmes, y si por mi carne te pidiera, no me escuches.
¡Oh! ¿Cuándo será que mis mejillas moje con el agua de un llanto de dulces lágrimas? La contrición es la fuente de donde manaran: tal es la llave que el cerrado cielo nos abre. De la contrición, nacen las amargas, pues antes en temor que en amor se fundan; pero, pese a todo, dame de éstas en abundancia, pues son camino y vía para llegar a las otras.
Versión de José Batlló
No tanto la clara fuente…
No tanto la clara fuente desea ciervo herido, como yo, vuestro rendido, estaros siempre presente. Al grande y dulce reposo do está mi contentamiento, por otra puente no siento hallar otro paso, ni oso.
Tarde me llega aquel día, para mí tan deseado, muy caramente comprado con dolor y pena mía.
Pero al fin, tarde o temprano, que ha de venir estoy cierto, si muerte el camino abierto no lo cierra con su mano.
No puedo ser de esperanza por ningún caso lanzado, porque, señora, os he amado según bienaventuranza.
Y de vos favorescido contra mí cosa no siento, si vuestro consentimiento me otorga lo que le pido.
De grandes dolores siento un monte delante puesto, de mil estorbos que opuesto se han a mi contentamiento.
De mí preguntaros nueva, señora, tengo temor, dudando que no hay amor para mí puesta a la prueba.
Y de no sabello temo vivir en mayor tormento y estos dos males que siento por cualquier lado me quemo.
No está a vos el contentaros de cumplir lo que yo pido, si bien queráis por partido contra vos misma forzaros.
Amor, amor es aquel que es fuerza que os aconseje para que mi bien se deje en vos cumplido y en él.
Cosa alguna os dé temor de que rescibáis despecho, mis pensamientos han hecho la verdad de su color.
Que serviros habrá sido en firmeza confirmados; de tal suerte de criados quiere ser amor servido.
Si mentira os paresciere este lenguaje que oís, o vos sin amor vivís o no sabéis lo que quiere.
Muy mal puede reposar quien siente aqueste tormento, tan sólo en el movimiento tendréis siguro lugar.
Versión de Fransisco de Quevedo
«Placer no tiene ser do no se sabe…»
Placer no tiene ser do no se sabe; pierde su merescer mucha costumbre. Morimos por saber de amor la cumbre y en viéndola de mala no nos cabe; aquello que pensamos que perdido dará poco dolor, cuando se pierde no hay cosa que al sentido desacuerde tanto como sentir que se haya ido.
A tal extremo y punto soy llegado que aquello que más quise en esta vida lo siento con tibieza descaída, y al punto que lo pierdo soy quemado. Ninguno puede ver tales hazañas como las veo después que al cielo fuistes; sin vida con moriros me hecistes; Dios sabe el porvenir destas marañas.
El bien o mal que da o quita fortuna, hijos, hacienda, honor abalanzaron aquellos que tras vicios caminaron, teniendo a la virtud por importuna; yo tengo ya mi cuenta fenescida: no puedo haver jamás ningún contento, no lloro lo futuro que no siento, la vuestra muerte cruel fue mi homicida.
Tengo de mi dolor placer sencillo, holgando de mi mal por quien le tengo; con este imaginar yo le sustengo, ni helgo de dejalle ni sufrillo. ¡Oh espíritu que estás gozando el cielo!, si vees de allá mi mal, de mí te duele y tu gloria y beldad se me revele, que espíritus te dan gloria y consuelo.
Muerte que quita el bien y la riqueza que vida suele dar a los mortales, cuanto era me llevó, sino mis males, dejando de aquel tiempo una tristeza. A todos doy señal de lo presente mostrando de pesares el extremo; del tiempo por venir recelo y temo, pues sola la tristeza en mí se siente.
Nunca de mi dolor me veo pagado, pues busco en el dolor el alegría; mi corazón es duro, pues podría vivir siendo de vos desamparado. Amor fue mi enemigo en aquel punto que os vi dejar el cuerpo tan hermoso; cruel fue más que león el ser piadoso, y más mi corazón, que no es defunto.
No puede en breve tiempo el mal sentirse cuánto es como después que es conoscido; ataja un gran dolor todo sentido el tiempo, que le hace dividirse; razón pide que el mal, para entenderse, se parta, porque en tiempo viva y dure, porque de hacer placer nunca se cure ni nadie jamás pueda dél valerse.
No cure de juzgarme a mí ninguno si no sabe la causa de mi duelo: la muerte me llevó mi bien al cielo, dolor es este tal más que importuno. ¿Quién puede ser tan cruel que así no llora a quien más que a sí mismo en vida quiso, ni cómo de llorar se ve arrepiso privado ya de ver a mi señora?
La muerte es desventura al más dichoso, mirá qué puede ser al desdichado; todo lo trae la cruel amedrentado, por siempre su dolor es congojoso. Aquesta del amor cruel enemiga, contino anda partiendo corazones; de un golpe a vos y a mí partió sus dones y en mí quedó el durar de su fatiga.
Versión de José Batlló