Como sobre una tapia se adormece una rosa yo quisiera tu grave cabecita en mi hombro, espontánea, caída, comprensiva, mimosa, sin un soplo de miedo, ni una brizna de asombro.
Y contemplarte luego a la luz de una estrella interminablemente de la frente a la boca, como contempla el agua, inclinada sobre ella, la frente taciturna y eterna de una roca.