Mudable como el tiempo es tu mejilla, o arde como una tarde del estío o hiela, o poco menos, si hace frío; pero ardiente o helada es maravilla.
Deja que acerque mi cansada arcilla al pétalo de amor que llamo mío, mientras corre mi brazo como un río por tu cuello, delgada torrecilla.
Calor o frío, llamarada o nieve, no me importa un instante su mudanza, que a ocultos nervios nada más se debe.
Tu corazón es nido de templanza y grave su latido al par que leve. Y si no, que lo diga mi esperanza.