Ya ves que no te suelto, que me ato a tu recuerdo rubio y vaporoso, fugitivo en la calle y silencioso, yo, que era poderío y arrebato.
Me estiro lo que puedo; dudo y trato de asir tu traje, por ser tuyo, hermoso; ceñido siempre y a la vez pomposo, tentación por aquí y allí recato.
Mírame en un café de esta plazuela en que el tránsito al sol crepita y arde y en la que todo, hasta un tranvía, vuela.
Pienso en ti, en tus ojos, en tu tarde… Y me quisiera henchir como una vela y me refugio en mi interior, cobarde.