Tiempo muerto

Tiempo muerto

Ha sido un día raro. Estás tumbada junto a mí. Casi puedo escuchar la marea de la sangre en tu piel y el deseo que llena tus manos de leones. Luego, apagas la luz. La noche salta como un pez de tu corazón al mío.

Y sin embargo hay algo. En realidad no sé qué es. Pero aquí está. Es extraño: de repente, me digo: -Cada hombre lleva una pala para cavar su propio Infierno.

Me pregunto qué he visto, dónde estaba, la razón; imagino la tarde entera: el bar cerca de la autopista, la ciudad debajo de la lluvia igual que un barco hundido; y algo que yo te dije y algo que tú dijiste: -Si no sabes por qué lo has hecho, nunca sabrás por qué ha pasado.

Pero no veo nada, ningún dato, ninguna relación con el Infierno. Entonces miro adelante, busco las palabras que tienen lo que quiero decir. Y ahí tampoco hay nada: Hay la azotea roja; hay el gato que atrapa un pájaro y devora lentamente mis oj0s.

Tú sigues a mi lado. Tu corazón golpea dentro de la mujer dormida, igual que un perro ladrándole a las tumbas. Me pregunto, después de tantas cosas, cuando cada hora quema su selva entre mis manos, me pregunto qué es lo que sé de ti; si tal vez, como dice Marianne Moore, lo importante de lo que vemos es lo que no vemos.

Y no encuentro respuestas. Ni caminos por qué volver. Enciendo una luz, abro el libro, cierro el balcón. La noche se reúne a sí misma, se marcha de nosotros con su cielo vacío, con su dios que se lleva algo de nuestras vidas a su ciudad deshecha.

Abro el libro mientras que en el tejado se mueve la serpiente azul del agua y sigues junto a mí y por tu corazón se alejan los tambores y escribo la palabra árbol y en ese árbol crece tranquilamente la palabra naranja.

De “Todos nosotros” 1998