De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi mujer, que murió.
Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la que antes lo fue todo, pero todo se marchita.
Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.
Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.
Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.
Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.
Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.
Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.
Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que ya estaba cerrada.
Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.
El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo. Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens