Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La hermosa, la violenta flor del ridículo. Pétalo de carne y hueso. ¿Pétalos? ¿Flores? Preciosismobienvestido, muertodehambre, vaderretro.
Se trata simplemente de heridas congénitas y felizmente mortales.
Luz alta. Bermellón súbito bajo el que despiertas de pie, caminando a ninguna parte. Pies, absurdas criaturas sin ojos. No se parecen sino a otros pies. Y además estas manos y estos dientes, para mostrar- los estúpidamente sin haber aprendido nada de ellos.
Y encima de todo y todas las cosas, sobre tu propia cabeza, la aterciopelada corona del escarnio: un som- brero de fiesta, inglés y alto, listo para saludar lo invisible.
Rojos, divinos, celestes rojos de mi sangre y de mi corazón. Siena, cadmio, magenta, púrpuras, carmi- nes, cinabrios. Peligrosos, envenenados círculos de fuego irreconciliable.
¿Adónde te conducen? ¿A la vida o a la muerte? ¿Al único sueño? La flor de sangre sobre el sombrero de fiesta (inglés y alto) es una falsa noticia.
Revelación. Soy tu hija, tu agónica niña, flamante y negra como una aguja que atraviesa un collar de ojos recién abiertos. Todos míos, todos ciegos, todos creados en un abrir y cerrar de ojos.
El dolor es una maravillosa cerradura.
Arte negra: mirar sin ser visto a quien nos mira mirar.
Arte blanca: cerrar los ojos y vernos.
Ver: cerrar los ojos.
Abrir los ojos: dormir.
Facilidades de la noche y de la palabra. Obscenidades de la luz y del tiempo.
Y así, la flor que fue grande y violenta se deshoja y el otoño es una torpe caricia que mutila el rostro más amado.
Fuera, fuera ojos, nariz y boca. Y en polvo te con- viertes y, a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.
Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en el olvido para asaltarme siempre. Eres la esfinge que finge, que sueña en voz alta, que me despierta.