Con desdén y oro

Con desdén y oro

Voy a verle en cualquier sitio, él pedirá un ron para mezclarlo con mis pupilas; yo, el crepúsculo. y me traerán una lágrima.

Voy a verle: a las seis de la tarde, cuando los combatientes repasan sus fusiles y los adúlteros se acuestan con mariposas; a las seis de la tarde, sin luna, cuando por los cines naufragan las divorciadas y los obreros comienzan a bañarse. A las seis, con temblor y relente, con bochorno, ciega como leche y sed, voy a verle. Azogue en su mano, una extraña, qué poco de suerte, subterráneo para reírme a carcajadas. Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza voy a verle.

Tendré cuidado no sea, que, al abrirme, estalle el sollozo Y comprenda que delinco.

Seré cauta, debo mentir: «adiós, alguien espera». y al levantarme con desdén y oro crecerán los pulmones donde le respiro y para que no muera del todo lo atraparé en mi verso.

Voy a verle -he dicho en la hermosura- mientras recupero el ala que no sirve y llueven los nísperos, divagan las márgenes rumorosas: voy a verle y nos desbaratábamos a besos y el libro se quedaba a medias y luego quién creía en los relojes si aquí se olvidó su boca del binomio de Newton.