Te levanto la noche de la vida. Deshilvano una luz para tus sienes. Te visito en el agua y no me tienes. Cuando llego ya soy la despedida.
Se desangra tu voz como una herida por el largo secreto donde vienes. Te pareces al viento, y no detienes este rostro de nube estremecida.
Pero soy lo que sabes: una pobre que te pide algún pájaro que sobre, o el oficio de luna candorosa.
No me quieras llevar a tu desvelo, porque casi no miro para el cielo me aburro del canto y de la prosa.
II Me lo aprendí una noche de azul lento, bajo la luna abierta encaramada como niña de luz, en la portada sonámbula oficial del firmamento.
Me lo aprendí esa noche. De su acento salía una caricia inusitada; y en la esquina tenaz de su mirada me tropecé desnuda con el viento.
Desde entonces anuncia cada cosa que ha tirado a mis pies, como una rosa, el corazón absurdo en que vivía.
Y no sé si por eso me persiste este alegre dolor de ser tan triste con que sigo durando todavía.
III Mi corazón de vértigo y remanso, mi corazón difícil como un nudo se me zafó una tarde en que no pudo cuidarse este latido que te alcanzo.
Porque llegaste al aire en que me canso, amaneciendo mi dolor desnudo, te quiero así: con amarillo mudo, inútilmente, y hasta e! tiempo manso.
Me trajeron tan lacia y parecida a una estatua de carne arrepentida, que apoyada a la izquierda de tu nombre,
desde mi soledad, casi sonora, cada noche que estudia para aurora te espero como a Dios… y vienes hombre.