A Raúl Rivero
Llevo un lirio fantástico, tremendo; bello por fuera y por dentro malo. Me espanta con su sed. Lo doy, lo vendo, a cualquiera que pase lo regalo.
Que se vaya a crecer; alto, derecho, a la tierra más dura de otro hombro. A mí me da dolor suelto en el pecho, solitario y de pie como un escombro.
Me estorba su reflejo empobrecido, su no querer llegar a ser olvido, su seda intolerable y cenicienta.
¡Quitádmelo de aquí! Pronto… lo pido. Haced un corazón ciego, abolido, de este lirio que al fin se me aposenta!