Elegía en abril

Elegía en abril

Andaba yo volando por el suelo, sin zapatos, sin mi traje de nube de las nubes; sola para tus manos, patética, inviolada, pobre, sola para tus manos, sola, y me empinaba hasta rozarte el ángel. Andaba yo -noche sobre la noche- distraída en tu voz de inconfundibles dalias; andaba yo como entre acosos de belleza, clásica, lírica, absoluta, y en las paredes profanadas por otros sin el sueño rebotaban lejanías, pedazos de palabras, besos que guardaré mañana. Mi boca dio en la tuya como un ave de paso. Pensé en abril y en que las noches de amor son breves como fósforos negros De qué serán los versos sino de aquella sombra que hicimos sobre el lecho? Su enredadera me arroja en la inocencia y otra vez soy la misma que demoraba su salud de novia.

Me he preguntado hoy si tú entendías la media luz si hallaste el todo, si te faltaba piel, no quiero, entraña, como a mí. Me he preguntado si asumes la ternura de memoria, si odias tu trabajo, los relojes, mi ómnibus, el alba fiera, insobornable… ¡Ay, tantas cosas… (¡Qué trastorno hace aquí si te recuerdo, qué venas tengo nuevas si me ayudas a duplicar el alba otra vez en mi frente!) Y las preguntas pasan inalterables, con verano, ayer, ahora, siempre, siempre, ahora, ayer, y quedo muda sobreseyendo un pájaro, la fiebre, el mar, la arena que debe estar contigo, todas las soledades, el desayuno triste como un acuerdo impronunciado. ¡Ay, qué palabra diré para ignorarte, en cuál silencio no hablaré tu nombre que ya supe! Mira, te quejas y el amor instala la agonía, el tiempo, la casa extraña donde empecé tu carne hecha de estalactitas y misterios. Mira, te quejas, y yo me acojo a un zumo de azucenas porfiadas, a niños que desean intervenir mi vientre. Mira, te quejas, y estoy yo sola con tu voz -nelumbio, amarillez, cauto cristal- viviendo el alarido de la noche muerta que resucito en el poema.

Yo me pregunto hoy cómo aplacar el cisne, lo inefable de tu tedio, la marca de mi alma, esto que no es morirme aunque me muero. Y sigo oscura, oscura, oscura, por gusto derramada, como esos sauces que nos dicen llantos que no oímos, como esas olas que se acaban tan cerca y no miramos, como esos cánceres horribles que ni duelen, como esa luz que aunque es la luz porque es la luz nos deja ciegos…

Yo me pregunto, llama que no se dijo, cerrada puerta, óxido, hueso maldito, sed; yo me pregunto cómo saberte a toda la sorpresa, a adolescencia, a naufragio por fin, a vértigo, a imposible; cómo salir de pronto a condenar tu sangre, a dividirte en truenos, a ser otra metida en tus gavetas de estudiante. Pregunto, y me socorren todos los incendios del mundo y vuelvo sola, y sola vuelvo y vuelvo sola. No sé qué tengo. Digo que es jueves y me asesina un miércoles. Llega el frío. Paseo entre callados árboles sin otro aviso que el que me traen las horas que nos vieron.