Te mando ahora a que lo olvides todo: aquel seno de nata y de ternura, aquel seno empinándose de un modo que te pudo servir de tierra dura;
aquel muslo obediente pero fiero, que venía de sierpes milenarias; aquel muslo de carne y de me muero convocado en las tardes solitarias;
aquel gesto de echarme en la locura; aquel viaje al amor, de mi cintura; aquel gusto en la piel a lirio extraño,
aquel nombre pequeño bajo el nombre, aquel pecado de volverte un hombre en el vicio feliz de hacerme daño.