Un hombre vio el mundo entero como una calavera riente y un par de huesos cruzados. La carne rosada de la vida se encogió hasta desaparecer de todos los rostros. Nada cuenta, nada. Todo es falsedad. Polvo al polvo, ceniza a las cenizas, y una antigua tiniebla y un silencio inútil. Lo había visto todo. Fue entonces a un concierto de Mischa Elman. En dos horas, las olas de sonido le golpetearon los tímpanos. La música se llevó por delante algo, no sé qué, de su interior. La música derribó y reconstruyó algo en su cabeza, no sé bien qué, o en su corazón. Aplaudió durante los cinco bises que dio el joven judío ruso con el violín. Al salir, dio con las suelas en la acera de una manera nueva. Era el mismo hombre, en el mismo mundo de antes. Sólo que existía un fuego que canta y un ascenso de rosas perennes sobre el mundo entero que contemplaba. Versión de Miguel Martínez-Lage
* * *