Soy la Gran Avenida Blanca de la ciudad. Cuando me preguntes cuál es mi deseo, así contesto: «Muchachas frescas como flores silvestres del campo, can el rostro joven y hastiado de vacas y graneros, el ansia en sus ojos como el alba, el afán por conocer mis misterios; muchachas esbeltas y ágiles, de piernas bien torneadas, el atractivo en el arco de sus hombros estrechos y la sabiduría de las praderas, para llorar quedo tan sólo ante las cenizas de mis misterios».
(Versos basados en ciertos arrepentimientos que trae consigo la meditación sobre las caras maquilladas de las mujeres que pasean por North Clark Street, Chicago)
Rosas, rosas rojas, aplastadas en la lluvia y el viento cual bocas de mujeres aplastadas por los puños de los hombres que las usan. Oh, capullos de rosa y hojas rotas y volutas de pétalos: así tú, que de tal modo arrojaste tu carmín al sol tan sólo ayer.
He aquí algo que anhela mi corazón fuera, ojalá, más corriente en el mundo: una noche lo oí suspenso en el aire, al escuchar a una madre que arrullaba a su hijo intranquilo y enojado en las tinieblas. Versión de Miguel Martínez-Lage
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