Entonces arrojaba piedrecillas al agua jabonosa, veía disolverse la violada rúbrica de espuma, bogar las islas y juntarse, envueltas en un olor cordial o como un tibio recuerdo de su risa.
¿Cuántas veces pudo ocurrir lo que parece ahora tan extraño? Debió de ser en tardes señaladas, a la hora del sol, cuando sestea la disciplina.
En seguida volvía crujiendo en su uniforme almidonado y miraba muy seria al habitante que aún le sonreía del otro lado de la tela metálica.
Vaciaba el barreño sobre la grava del jardín. Burbujas en la velluda piel de los geranios… Su espléndido desnudo, al que las ramas rendían homenaje, admitiré que sea nada más que un recuerdo esteticista. Pero me gustaría ser más joven para poder imaginar (pensando en la inminencia de otra cosa) que era el vigor del pueblo soberano.