La dame à la licorne

La dame à la licorne

Estudio de ademanes A una muchacha desnuda de medio cuerpo, que, creyéndose sola, se quita los blue-jeans junto a una bicicleta.

Oriente ensortijado, rojo vellón flamante, con qué pausa de sol en hebras nace entre dos ramas aún nocturnas de azules indecisos

y crespa luz guardada -venus naciendo nueva de la sarga- a las puntas saladas y a los labios incrustados de arena cristalina promete otra figura sobre la piel erguida y sobre el mismo tostado de las dunas -las sedas suntuosas de la piedra molida- y el lienzo inquieto de la mar, espejo que te revela como tú te admiras.

El duro lomo y las costillas finas del animal mecánico se aquietan, se pliegan a la tierra que te empuña, un instante increíble, cuando avanzas los hombros y doblas la rodilla levemente y el cabello te ciega como una luz espesa y vagan las dos manos abriéndose… … Desnudas espléndida la gloria de este sitio, los sueños solitarios -cada hombre, repetido por siglos, que arribaba a este arenal desierto- las miradas turbias de sol, con sed, desde los párpados de cada olivo centenario…

Oh pura, instantánea, tanto y tan llena de ti que el silencio te observa y aún no suenan por qué milagro alrededor los golpes a intervalos detrás del tamarindo ni el gemido del tren y nada sabes de la mano crispada o del hierro invisible ni escuchas el reseco zumbido de los cables ni el rumor trepan ante de la excavadora. El ruido de un motor inútilmente acelerado golpea como un látigo tu espalda, oh sorda como el árbol, y ahora crece como una zarza junto a ti y te acusa y se encoge en tu cuerpo la hermosura y un gran manto de ojos transparente te cubre mientras dudas.

(Pero yo creo en ti, oh cuerpo joven, fortaleza del alma, y negaré en tu nombre, quiero verte prevalecer.)

Oh rompe con gesto descuidado las redes que te tienden sacude el aire impuro, oh rosa en lo secreto y ahora obscena que los ojos golpean o las pausas del ruido, oh poder, camina indiferente, amante desarmada, porque es tu desafío a las sucias aceras de tu ciudad horrible, y a lo largo del aire sorprendido, de espacio violado, te reflejas en las anchas vitrinas de instrumentos calmantes.

(Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico recoges una concha seguramente rota.)

O renuncia y corrómpenos. Recoge precipitada el pantalón crujiente y póntelo y la blusa de colores y toma por los cuernos al animal sumiso y pisa el polvo de tu gloria. Entonces oscuros y dañinos, detrás de cada duna, saldremos a mirarte y el pico que no viste se detendrá un instante y esa máquina negra que de nuevo ronca.

Y alguno desde lejos, indeciso, te saldrá al paso, amenazándote como si nunca hubieras sido nadie.