Le asocio a mis preocupaciones

Le asocio a mis preocupaciones

Y base de notar; que estas cosas son aora muy a la postre, despues de todas las visiones, y revelaciones que escrivire, y del tiempo que solía tener oración, a donde el Señor me dava muy grandes gustos y regalos.

Preferiría ahora imaginar que te soñaba como un robot metálico o como un antiguo caminante hecho de humanidades o de audacia. Pero a la primera juventud es propia una ternura sin reservas, y luego… la tradición más inmediata…

Te invocaba según un largo rito, torturándome hacia los pormenores de tu imagen. Tocaba los objetos, te buscaba revolviendo memoria. Después, con los brazos en cruz, sobre la cama, pasaba tiempo y tiempo. Conocía que estabas por un dulce cansancio y entonces me tendía sin mirarte, sabiéndote allí cerca, y te contaba mis deseos:

-Haz que el año que viene… Que otro día… Haz que la chica que encontré el domingo (o si prefieres aunque sea otra)… Haz que yo pueda ser… Y, sobre todo…

Tu presencia asentía a cada cosa, tu blanco estar allí, tu inabordable reino, transfigurando el sueño en lejanías: el suave chasquido con que hiende el tajamar las ondas o unas ramas de abeto iluminadas, flotando como un astro en el azul inmóvil.

Cada cita nocturna, cada encuentro rescataba una parte del vivir diario: los muros del colegio, los siniestros pasillos o las voces de la mesa familiar cuando se hablaba de dinero y además los pecados, la vergonzosa marca del sexo y el duermevela de las imaginaciones.

En las horas vacías, por el día, a veces te ofrecías como un premio fugaz, pasabas un instante rozándome, en medio del silencio cargado del estudio, como un soplo de aire que se dibuja sobre el agua quieta, o en las veladas tristes, en familia, junto a la radio tonante, o cuando la humillación me acaloraba.

Mas luego nuestro amor, según el tiempo pasaba por la boca de los que te adulan, se fue haciendo difícil, nuestras noches de vez en vez más raras. Comenzó a incomodarme la sociedad de tus amigos, la dudosa verdad de tus quehaceres…

Lo sé. No fue tan simple. Sé que un día mutilé la costumbre, sentí un poco de rubor (la redujimos, a lo más perentorio)…

¡Qué rápidas visitas en los últimos meses! Y aprendía a ver el mundo sin ti, a llenar tu vacío con las cosas.

No recuerdo exactamente cómo terminó. Más tarde me parecía un sueño nuestra historia.