Clamo a tu vientre lívido de viento, al corazón estrecho de tus gallos, a sus látigos rojos, a los rayos que acribillan tu hueco firmamento.
Busco la arista del desdoblamiento, hurtarme fruto a mis normales tallos, libertarme en tus ácidos caballos y un ungir tus torres de mi advenimiento.
Si llegaras conmigo a la ondulada alta loma del ser, donde se muta la sangre viva en el símbolo de hielo…
Mas quién podrá parar la madrugada alzando ya la concha de su ruta sus rapaces de luz sobre tu vuelo.
(Laye, n° 14, junio-julio de 1951)