Porque conocía el nombre de los peces...

Porque conocía el nombre de los peces…

Porque conocía el nombre de los peces, aún de los más raros, y el de los caladeros, y las señas de las lejanas rocas submarinas, me dejaban revolver en las cestas, tocarlos uno a uno, sopesarlos, y comentaban conmigo abiertamente las sutiles cuestiones del oficio. Porque entendía de nudos y de velas y del modo de armar los aparejos, me llevaban con ellos muchas veces; me regalaban el quehacer de un hombre. Sentía con orgullo enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo, impregnarme un fuerte hedor a brea y a pescado. Sabía casi todo de aquella vida simple, de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa. No supieron contarme o no pude entender cómo era aquello en los días peores, las amargas semanas de paciencia, cuando el viento del norte roe las entrañas y se harta la pupila de escudriñar los cielos, en los días confusos, cuando el mar de borrosos contornos es sólo como un cascote de vidrio semienterrado en el fango, un desagradable incidente o una trampa para los que pasan corriendo ciegos bajo la lluvia.