No lo supimos la primera vez; lo extraño, que lo hacía distinto de los sueños, no estaba en ella, ni en ser menos real, más pálida y ausente, humana donde el mórbido cuerpo imaginado. Tampoco en la premura de gestos que, al contrario, habíamos fiado a maravilla ni en las voces que nunca imaginamos -«De un pueblecillo cerca de Jaén», decía, todavía en rosada ropa interior, como en un envoltorio de farmacia. Y luego de rodillas, cerca, sobre la cama esquemática: -«Ya ves, a mis hermanos, que están bien situados, esa empresa…» Y de pronto una parte del cuerpo próxima se imponía, mostraba su imprevista materia y hacía que nos olvidásemos de nosotros mismos, y, como en un relámpago, amásemos la realidad y aquella dulce imperfección inmediata.
-«Mi madre con los años…» Había unas cortinas de bordes oxidados y un perchero como las mecedoras del verano. Pero un día (aunque quizás el tiempo nos engañe y sea sólo ahora) comprendimos, supimos de aquel vértigo más hondo que los minutos en secreto. Era en las escaleras o en la sala: aquel señor con aires oficiosos, el mecánico verde todavía de grasa, o el alumno, no estábamos seguros, del colegio, la gente que encontrábamos, los ojos que hacían que miraban otra cosa. Porque habíamos sido cuidadosamente guardados del contagio, meticulosamente preservados, y, un momento, tiraba de nosotros el instinto más fuerte, nos hacía extrañamente solidarios. Ciudad arriba, luego, en el camino de forzoso regreso a la costumbre, sentía vagamente -me parece- algún alivio a mi respecto, más amigas las cosas, menos prieta la atención a mí mismo, como si aquella sensación durase. Y eso era todo, creo, era muy corto. O tal vez algún día escogía un camino sinuoso, buscaba los repliegues azules, las aceras curvas, donde los niños juegan a los naipes a la luz de un comercio de ortopedia; los cielos con alambre y la humedad afectuosa de las plazuelas apartadas.