Nuestras caras ahora, según me vuelvo hacia ti desde el pie de la cama y despuntan tus ojos sobre la cumbre de tus rodillas abrazadas, repiten una historia en que no entramos sino con mucha aplicación. No basta
que tú sonrías casi en un gris del cine, componiendo anticipadamente tu recuerdo y ruedes mejor que otros lo harían tu secuencia tierna y salvaje, y tan banal, que escupen sin tu permiso los espejos,
mientras las obediencias de mi mano palpan la barra de metal como quien quiere guardar su tacto cómplice, ex profeso de escamoso oropel, cuando de veras soy consciente del ritmo de las gotas, miro las grecas del papel pintado, sigo la curva noble de la sábana que se diría atornillada; y cuando eres de nuevo tú, con qué distancia te contemplo ya través de qué lente invertida -transparentes de vidriada memoria- me detengo
en las rodillas que te escudan, juntas, casi tiros de piedra amaestrada, o animales heráldicos, lechuzas de capitel, con un ojo sin sueño y de amenaza.
Tus rodillas que son tal vez hermosas, pero un género en este instante de rigor, y un signo que los pliegues por dentro multiplican:
Hueso a hueso, dobladas como ahora pero en ángulo oblicuo las rodillas de plumaje metálico, insolentes, desde el crujiente cuero de los bares, cuando la luz vacila y tintinean las puertas empujadas con torpeza,
o al fondo del salón, en sus extremos vagos, con reflejos azules de armadura, que parecen cautivas y se cruzan como manos nerviosas y taladran las Voces y la sombra hasta quedarse pintadas en el Vaso que inclinaba,
o de luciente piedra en el desnudo hermético a la orilla de un mar triste con pelícanos blancos en las ramas, o de arcilla arañada y como escrita en una lengua familiar, quién sabe si en un parque enjaulado y ya lejano
y en las salas de espera, y en los ojos turbios de colegial, cuando se abrían las portezuelas de los taxis, mientras transcurren los minutos y los años de penitencia nacional, los días de enrejados y misas con banderas
y en la escuela o las cárceles las voces se acordan vigiladas y miramos la rodilla flexible bajo el yeso celeste, apenas duro y transparente, y que tiembla nerviosa en el continuo crujir de escamas del reptil horrible.
Igual que las rodillas (a pesar de este muro de exvotos soy tu público) ágiles de jinete e inocentes que trajiste dormidas a esta prueba de tu modo de ser según modelos y debieran temblar al aire libre y en encuentros sin luna ni preguntas, exentas de tu estatua, divididas por la imperiosa bestia de tus años.
¿Quiénes hemos hablado y qué hemos hecho -otros- en esta cama? ¿Para quiénes escribes esta página ilustrada con cuerpo tan gracioso y tan ajeno?
No pasaré de tus rodillas. Debo cumplir con mi deber y sonreírte, mirando de soslayo la cortina para ver si Tiresias nos observa, separarme despacio, detenerme aún más desnudo ante el reloj, ponérmelo,
y encender sin placer un cigarrillo.