La lengua sobre todo, afectuosa, áspera y cortesana en el saludo.
Las zarpas de abrazar, con qué cuidado, o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.
La caricia con uñas, el pecho boca arriba para mostrar el corazón cautivo.
La piel toda entregada, la voz ronca retozando en su jaula de colmillos, y los ojos enormes, de algas, sonriendo a la muerte inmediata a que fue sentenciado.