Nunca noche ninguna ni trámite se fueron tan despacio. Volvía a los lugares recientes, repetía las aguas, tarde siempre para enfilar los pasos escogidos, y volvía a partir; la noche inmensa comenzaba conmigo a mis espaldas.
Pero fue en un instante real, aquella orilla blanca, diurna ciudad, aquella populosa cultura vid, que viene por cima de los montes al encuentro.
¿Vienen al hombre los demás? ¿Oyen la voz de auxilio y edifican tierra sobre la tierra plazas firmes fortificadas hacia el mar? ¿Conocen la causa y nos darán socorro?
Casi sin preguntar toqué su suelo. Recuerdo el peso extraño, la balanza de cuerpo poco a poco presente y cómo iba cerrándose, y el mundo veloz, en cambio, y leve de la piedra desorbitada en derredor. ¿Qué pausa escogería, qué intersticio entre dos colisiones, entre choques, qué pasó entre dos ráfagas ? No supe reunirme tan pronto y acudieron sólo los miembros de la voz. ¿Quién quería guiarme?
Entonces desde dentro fui suspendido sin saber. De un golpe cesó la piedra rápida en mis sienes. Vías alegres comenzaron, soplos edificados, persistentes ánimas cielo arriba, bulevares de espejos, frondosos. Andaría por los vidrios oblicuos entregando de parte en parte mi memoria, iría al centro de la red, al sitio desde el que se es vertido, si alguien cerrase tras de mí las puertas y borrase mi rostro a lo que viene siguiéndome. Si el agua lustral brotara y fuese sin recuerdo. Si en un lugar de súbito se abriera… «CAFÉ DE TRES NACIONES» -¿Por acaso tienen ustedes Cuernos de cristal?
-Al oeste del águila el recinto según fue al tiempo de fundar. Vi las horas internas. Paralelas armadas, en guardia, las aristas me condujeron y una voz perpetua, y adiviné al centro del poder. Fue un .texto de gargantas, de ojos. Grave al unísono. Llegaban en el preciso instante, transgredían sus cuerpos permutando la parte de cabello dividido, cambiando de caminos. Yo quería ir por ellos. Y anduve sobre el andén simétrico y a solas.
Mas luego porque fuera la carroza esmaltada más despacio, ven -dije-. ¿ Qué importaba que acudiera sin verme ? Rocé el borde, y apenas tomados de las uñas, envueltos en lo múltiple por todo, entramos cuerpo a cuerpo, adentro de los muros abyectos del amor. ¡Oh ira, las medias solas, las líneas verticales, que reparten la risa entre los dientes! -Ven. Ven. Escucha la aplicada costumbre del agua- Los brotes cómo estallan, y tallos en seguida, inician inminentes ademanes, se adentran, pujan, rompen las láminas de espera y nos inundan. Porque ignoramos nuestra mitad vacía, nuestra sombra interior, y aún es posible el mundo enteramente en los adentros. La silla en su madera, ¿piensa? ¿Despliega sus astillas en orden a la aguja? ¿Hacia el tronco glorioso, devastador, al cielo clama en lo sordo su garganta opaca? Oh sí. En lo alto como un vexilo entre las ramas bate, como un vexilo al final de las armas, al viento, la envoltura sutil. Delgada resistencia. Oh sí. Oh sí. Conozco los flancos de metal, el amarillo ahora ya, cuando empieza a fundirse.
Rompió el aire en los pechos. Cruzó una sombra blanca sin memoria. No sé sino torrentes, vías abiertas al espacio, y que era un punto allí entre cuerpos más sensible. La ciudad se vencía. Con nosotros venían, no conmigo, detrás de mí los rótulos : FÁCIL. A TODAS PARTES. EN TODO TIEMPO. AHORA.
La ciudad -más fuerte rompió un aire sin límites- saltaba en fragmentarias luces. Y fue en la loma externa, donde florecen los geranios cultos en los bidones de albayalde, el tránsito a la ola carbonosa y crujiente, el paso al otro sueño. ¿Donde había visto la torre en espiral en medio del oscuro relámpago, la palmera de Delos oculta, los altares ocultos desde el agua? Porque no conocía tierras al otro lado, ni otro paso, ni obstáculo a los ojos en la suerte inacabable. Nunca había visto las islas y eran casi recuerdo cuando estaban más cerca; proa enemiga, riesgo.
Pasaba largo tiempo sin saberlas.