Odas celestes

Odas celestes

No cantaré, no, la tristeza. No puedo, no. No he de cantarla, sino alegría que me sube en una ola dulce y casta.

Me desarraigo de la tierra. Voy como un sueño sin mañana. Vivo en el aire, transparente. Rozo en los vientos las montañas.

¿Quién puede verme sin delirio como la suave luz del alba, tocando leve el ancho cielo, su ancha tersura delicada?

Vedme animar los bosques puros y susurrar entre las cañas. Sonido soy tan sólo, dicha para las verdes, frescas ramas.

Palabras dichas en voz baja

I No es vino exactamente lo que tú y yo apuramos con tanta lentitud en esta hora pulcra de la verdad. No es vino, es el amor. No se trata, por tanto, de una celebración esperada, una fiesta ruidosa, alzada en oros. No es montañoso cántico. Es sólo silbo, flor, menos que eso: susurro, levedad.

II Y esto empezó hace mucho. Unimos nuestras manos muy apretadamente para quedarnos solos, juntos y solos por la senda infinita interminablemente.

Y así avanzamos juntos por la senda tenaz. La misma senda, el mismo instante de oro, y sin embargo, tú marchabas sin duda siempre muy lejos, atrás, perdida en la distancia luminosa, diminuta y queriéndome en otra estación más florida, en otro tiempo y otro espacio puro. Y desde el retirado calvero, desde la indignidad arenosa del madurado atardecer, en que yo contemplaba tu tempranero afán, te veía despacio, una vez y otra vez, sin levantar cabeza en tu jardín remoto, atareada y obstinada- mente ¡y tan injustamente! coger con alegría las rosas para mí.