Palabras dichas en voz baja

Palabras dichas en voz baja

I No es vino exactamente lo que tú y yo apuramos con tanta lentitud en esta hora pulcra de la verdad. No es vino, es el amor. No se trata, por tanto, de una celebración esperada, una fiesta ruidosa, alzada en oros. No es montañoso cántico. Es sólo silbo, flor, menos que eso: susurro, levedad. II Y esto empezó hace mucho. Unimos nuestras manos muy apretadamente para quedarnos solos, juntos y solos por la senda infinita interminablemente.

Y así avanzamos juntos por la senda tenaz. La misma senda, el mismo instante de oro, y sin embargo, tú marchabas sin duda siempre muy lejos, atrás, perdida en la distancia luminosa, diminuta y queriéndome en otra estación más florida, en otro tiempo y otro espacio puro. Y desde el retirado calvero, desde la indignidad arenosa del madurado atardecer, en que yo contemplaba tu tempranero afán, te veía despacio, una vez y otra vez, sin levantar cabeza en tu jardín remoto, atareada y obstinada- mente ¡y tan injustamente! coger con alegría las rosas para mí.

Cecilia, dulce amiga. Hoy yo quisiera hablarte con la verdad que nace de un corazón pequeño. Decirte cómo un día yo quise condenarte. A ti que fuiste sólo la luz para mi sueño.

A ti que fuiste siempre la luz para mi vida, la luz parada en medio de mi existencia vana, la luz suave y callada, la luz dulce, esparcida, valiente en la tristeza, luciente en la mañana.

A ti, blanca presencia del día silencioso, escala de ternura, licor que yo he bebido. a ti, prado o colina que esparce su reposo. A ti a quien tantas veces mi amor ha entristecido.

Decirte, suavizarte, hablarte del rocío, hablarte de la noche que baja lenta a verte, cual baja ya tu vida, más dulce al pecho mío, que quiso un día amarte y vino a deshacerte…