Cecilia, dulce amiga. Hoy yo quisiera hablarte con la verdad que nace de un corazón pequeño. Decirte cómo un día yo quise condenarte. A ti que fuiste sólo la luz para mi sueño.
A ti que fuiste siempre la luz para mi vida, la luz parada en medio de mi existencia vana, la luz suave y callada, la luz dulce, esparcida, valiente en la tristeza, luciente en la mañana.
A ti, blanca presencia del día silencioso, escala de ternura, licor que yo he bebido. a ti, prado o colina que esparce su reposo. A ti a quien tantas veces mi amor ha entristecido.
Decirte, suavizarte, hablarte del rocío, hablarte de la noche que baja lenta a verte, cual baja ya tu vida, más dulce al pecho mío, que quiso un día amarte y vino a deshacerte…
Pero cómo decírtelo si eres…
Pero cómo decírtelo si eres tan leve y silenciosa como una flor. Cómo te lo diré cuando eres agua, cuando eres fuente, manantial, sonrisa, espiga, viento, cuando eres aire, amor.
Cómo te lo diré, a ti, joven relámpago, temprana luz, aurora, que has de morirte un día como quien no es así.
Tu forma eterna, como la luz y el mar, exige acaso la majestad durable de la materia. Hermosa como la permanencia del océano frente al atardecer, es más efímera tu carne que una flor. Pero si eres comparable a la luz, eres la luz, la luz que hablase, que dijese “te quiero”, que durmiese en mis brazos, y que tuviese sed, ojos, cansancio y una infinita gana de llorar, cuando miras en el jardín las rosas nacer, una vez más.
Reflexiones últimas
Mar en calma. Con energía desafiante asume el reto de entender la sabiduría inmortal de quedarse quieto. Más allá de pena y de goce, ¡infinitud en que te enrolas!, el corazón, al fin, conoce la ciencia de no tener olas. La ciencia en que no vuela un ave ni se escucha un sonido leve. (Luego, sin nadie, el sueño grave. Sin nadie, la estepa, la nieve.)
Reloj de arena
A Emilio Lorenzo
Un diálogo consigo mismo es lo que consigue el hombre al atardecer, contemplando el reloj de la arena que cae. Un monólogo, una susurrante confidencia, un murmullo apenas inteligible donde se desmorona el pasado continuamente, perezosamente deleznable, con lentitud cruel, con perversa demora.
Cae la arena despacio por el diminuto agujero, el esplendor de la vasta mañana. La luz del sol, indolente, infinita, cae. Cae el amor, desolado, indirecto.
La atroz verdad convertida en sí misma, la enormidad de una pequeña causa, por el conducto mínimo, inverosímilmente. El horizonte interminable, la playa desierta.
Sobre mí que medito en la sombra va cayendo muy leve, pausada lluvia imperceptible: una lluvia lenta de polvo exquisito que con tacto y sutil cortesía pone extraño, enigmático el mundo. Polvo gris donde había otra cosa, tan pequeña, y aún la sigues pidiendo. Donde había una mano, una rosa.
Rememoraciones de incidentes
En una cueva de la memoria, en su larga llanura oxidada, en su estéril cardenillo verdoso, en su desolado atardecer, lento y un poco oscurecido como si fuese ya tarde, como si nacer no hubiera sido posible aquel remoto día, perdido en el confín; e imposible fuese asimismo el otro amargo día, no puedo decirte su nombre, algo ladeado y ya en las afueras de súbito, en el suburbio y el terrible descampado de súbito, lívidamente azul de pronto;
con tazas desportilladas, abanicos devorados por la ansiedad, relicarios de madera envejecida, espejos, miserables espejos de azogue saltado, horrendos maniquíes sin cabeza, emisarios inmóviles de más allá del río solitario, emisarios sin brazos y sin cabeza, inmóviles, y por eso no pueden sonreír;
y todo subía como una marea feroz por la memoria cárdena, y todo subía amargamente cárdeno por el recuerdo de una noche, trepaba por la penosa rememoración, por el jadeante ascender y acordarse de una noche, saliendo de la sombra, un momento tan solo; reconstruir aquella adoración hecha de pétalos, de palabras y polen de palabras, de cansancios o incrustaciones lamentables, quejidos, de quemaduras y desolaciones junto a un andén que no llegaba nunca como si fuese un tren, un tren de súbito como si fuese aquella adoración.
Y todo en la memoria se retorcía agitado por el vendaval, como un gran bosque movido por la ira de un huracanado renacer. El parto terrible de la memoria era el viento, la noche terrible de la memoria se llamaba aquilón. Todo vibraba y era movido por una propagación llameante que fulguraba en medio de la tempestad y se extendía y encrespaba en la música, vibraba entre los acordes de una multitud de guitarras, sonando en el estruendo de un día terso y limpio, destrozado tan secamente como un espejo en una habitación.
Ay, en la oscuridad, atenazados por el deseo dos cuerpos se buscaban a tientas como si fuese posible vivir, como si la verdad existiese en la tiniebla oscura y hubiese que buscarla apretando una carne duramente, y hubiese que buscarla atravesando duramente la interminable oscuridad de una carne, toda una noche larga, y más allá quebrase ya una luz: el alba hermosa y pura donde todos existen otra vez, salvados y otra vez, vivos, salvados…
…Y he aquí que nosotros, aún no salvados, vivos, golpeamos la sombra, en medio de la noche…
Salmo desesperado
Como el león llama a su hembra, y cálido al aire da su ardiente dentellada, yo te llamo, Señor. Ven a mis dientes como una dura fruta amarga. Mírame aquí sin paz y sin consuelo. Ven a mi boca seca y apagada. He devorado el árbol de la tierra con estos labios que te aman.
Venga tu boca como luz hambrienta, como una sima donde un sol estalla. Venga tu boca de dureza y dientes contra esta boca que me abrasa.
Tengo amargura, brillo como fiera de amor espesa y de desesperanza. Soy animal sin luz y sin camino y voy llamándola y buscándola.
Voy oliendo las piedras y las hierbas, voy oliendo los troncos y las ramas. Voy ebrio, mi Señor, buscando el agrio olor que dejas donde pasas.
Dime la cueva donde te alojaste, donde tu olor silvestre allí dejaras. Queriendo olerte, Dios, desesperado voy por los valles y montañas.
Salvación de la vida
Ven para acá. Qué puedes decir. Reconoces tácitamente a la aurora. El aire se ensancha en irradiaciones o en círculos y todo queda listo para una eternidad que no llega. Yo y tú y todos los otros sumados, enumerados, descomponemos el atardecer, mas la fuerza de nuestro anhelo es una victoria levísima. Somos los herederos de una memoria sin fin. Se nos ha entregado un legado de sueño que nos llega a las manos desde otras manos y otras que se sucedieron con prisa.
Llevemos sin parsimonia nuestra comisión delicada. Pongamos más allá de nosotros, a salvo de la corrupción de la vida, nuestro lenguaje, nuestros usos, nuestros vestidos, la corneta del niño, el delicado juego sonoro, la muñeca, el trompo, la casa.
Salvación en la palabra
A Jorge Guillén
1 Dejad que la palabra haga su presa lóbrega, se encarnice en la horrenda miseria primaveral, hoce del destino, cual negra teología corrupta. Súbitas, algunas formas mortales, dentro del soplo de aire permanente e invicto. La palabra del hombre, honradamente pronunciada, es hermosa, aunque oscura, es clara, aunque aprisione el terror venidero. Hagamos entre todos la palabra grácil y fugitiva que salve el desconsuelo. …Como burbuja leve la palabra se alza en la noche, y permanece cual una estrella fija entre las sombras
2 Y así fue la palabra ligero soplo de aire detenido en el viento, en el espanto, entre la movediza realidad y el río de las sombras. Ahí está detenida la palabra vivaz, salvado este momento único entre las dos historias. …De pronto el caminar fue duradero y el hombre inmortal fue, y las bocas que juntas estuvieron juntas están por siempre. Y el árbol se detuvo en su verdor extraño, y la queja ardió en una zarza misteriosa.
3 Allí estamos nosotros. Allí dentro del hálito. Tú que me lees estás allí con un libro en la mano. Y yo también estoy. Tú de niño, cual hombre, como anciano, estás allí. Tu corazón está con su amargura, ennoblecido y muerto. Y vivo estás. Y hermoso estás. Y lúcido.
4 Todo se mueve alrededor de ti. Cruje el armario de nogal, salpica el surtidor del jardín. Un niño corre tras una mariposa. Adolescente, das tu primer beso a una muchacha que huye. Y huyendo así, huye nada, quieto en el soplo tenue.
5 Y así fue la palabra entre los hombres silenciosa, en el ruido miserable y la pena, arca donde está el viento detenido y suelto, acorde suspendido y desatado, leve son que se escucha como más que silencio, en el reposo de la luz, de la sombra.
Así fue la palabra, así fue y así sea donde el hombre respira, porque respire el hombre.
Sosténme tú
Sosténme tú… Sosténme en esta espuma, en tan dudosa espuma, en tan extraño vivir; en este sueño, en este engaño, en esta incertidumbre, en esta bruma…
Pero me voy. Callada, cierta, suma, me espera la deidad del rostro huraño, y lentamente del vivir me extraño. Hacia otra ley mi cuerpo que se esfuma.
Y tú, campo de amor… Y tú, levanta tus ojos ciegos. Mírame de frente. Yo no soy yo. Mi cuerpo ya me espanta.
Mírame bien. No soy aquél. Enfrente está ya el mar. No soy, no soy… no canta nada. No soy… Amor, escucha, tente…
Subida del amor
Mira los aires, alma solitaria, alma triste que sola vas gimiendo. Asciende, sube. Amor te espera. Dios te espera en la cima de tu vuelo.
Aleteante, temblorosa y blanca te veo subir entera entre los vientos. Te vas dorando. Solar eres. Clara y solar sobre los cielos.
Alma sola de Dios junto a su rostro, rostro de luz que cubre el firmamento. Inmensa estás tocada en luz naciente. Inmensa estás la luz de Dios bebiendo.
Cara con cara junto a Dios, contemplas. Cara con cara yo te veo. Vida con vida, luz con luz, cielo con cielo.
Luz de amor, luz de vida lenta en los aires bajar siento. Fundida luz de Dios con luz del alma. ¡Oh claridad en el silencio!
Tú y yo
Tú y yo, los dos, bajo la luz del día, bajo la luz que dura en lo inocente, ¡Oh, sí, los dos, bajo la luz riente queremos ser! Queremos… Yo querría.
Contra la sombra o la melancolía, contra las injusticias del presente, quién te tuviera siempre, siempre… ¡Tente amor pequeño, campo de alegría!
Y aquí los dos mirándonos. sin vernos. Aquí los dos hablando. Sin oírnos. Buscándonos a tientas. Sin tenernos.
Y el tiempo ya empujándonos a un irnos inacabable. No podemos sernos jamás. Entrando siempre en el morirnos.
Vale la pena
Vale la pena, vale la condena contemplar en la tarde que se inclina a poniente la paz de esta colina, dulce en la hora de la luz serena.
Vale la pena contemplar tu pena, aunque me duele como aguda espina, vale la pena noche que avecina su rostro duro y su tenaz cadena.
Vale la pena el alentar, la vida, vale la pena el río con tu llanto, vale la pena la amistad mentida,
la luz mentida, el verdadero espanto, la noche negra de la atroz partida, y tu amargura que me importa tanto…
Ven hacia mí…
Algo en mi sangre espera todavía. Algo en mi sangre en que tu voz aún suena. Pero no. Inútilmente yo te llamo. Aquella voz que te llamaba es ésta.
Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen donde los tuyos la mañana aquella. Ven hacia mí. La tierra toda oscila, se mueve, cruje. Vístete. Despierta.
Oh, qué encendida el alma en su secreto puro, si vinieras. Sin esperanza, entre la luz del día, mi voz te llama. El eco. La respuesta.
Verdad, mentira
Con tu verdad, con tu mentira a solas, con tu increíble realidad vivida, tu inventada razón, tu consumida fe inagotable, en luz que tú enarbolas;
con la tristeza en que tal vez te enrolas hacia una rada nunca apetecida, con la enorme esperanza destruida, reconstruida como el mar sus olas;
con tu sueño de amor que nunca se hace tan verdadero como el mar suspira, con tu cargado corazón que nace,
muere y renace, asciende y muere, mira la realidad, inmensa, porque ahí yace la verdad toda y toda tu mentira.
Y tu amargura que me importa tanto…
Y tu amargura que me importa tanto vale la pena. Vale el mundo todo: vale la piedra oscura, el sucio lodo, y la pureza con su turbio manto.
Aquí estamos los dos. Vale el quebranto en el que tantas veces yo me acodo; vale la pena el ir codo con codo en el huir de un carcelero espanto.
Vale la pena negra desbandada por la llanura que no tiene ocaso. Vale la pena, vale la jornada.
Vale la pena ese final, acaso, de una noche infinita, abandonada en el hondón de un sideral fracaso.
Y tú que tanto amas, tanto ríes…
Y tú que tanto amas, tanto ríes, tanto adivinas y conoces tanto, ¿dónde el escudo para que te fíes, dónde el pañuelo de enjugar tu llanto?
¿Dónde el camino que no veo ahora? Dímelo o llora y el mirar suprime. ¿Es ya la noche que no tiene aurora? Dímelo, dime.
Y sin embargo tu vivir empaña mi vivir con un vaho que es ternura, que es caliente rumor que me acompaña la noche oscura.
Y sin embargo con tu mano guías y a tientas toco lo que apenas veo y digo acaso para que sonrías lo que no creo.
Y toco apenas y tu bulto aprendo y torpe sigo lo que tú me indicas. Lo que no miro, lo que no comprendo, tú multiplicas.
Tú multiplicas, o quizás es tu invento porque lo vea aunque quizá no exista. Entre la noche de mi pensamiento dulce es tu vista.
Dulce es tu vista, tu mirar risueño que mira un llano donde estaba un monte y que a mi alma de temblor pequeño llamó horizonte.
Dulce es tu vista que miró aquel lago y lo llamaba alegre mar bravío. Tu generoso corazón es mago. ¡Lo fuese el mío!
Y yo te quise más
Yo iba contigo. Tú, con tristes ojos parecías la tarde en la mañana. Mi amor, al verte triste, atardecía. Atardecía, pero alboreaba.
Pues yo te quise más. Para alegrarte, la luz del mundo celebré más ancha. Y mi alma entonces exhaló el perfume agreste y fresco que madruga y canta.
Como el jilguero su garganta oprime en donde suena una experiencia humana, se escuchaban arrullos, liras, voces, y tambores, venturas, violas, arpas.
Y el mundo era el sonido no vivido que en mi interior vivía y resonaba.