Acércate a mi pecho más caudalosamente, húndete en mi camisa, atraviesa mi piel, mis guarniciones, y arrásame por dentro con tus labios y tus inundaciones.
Trasvásate a mis venas, a mi sangre furiosa, y auméntame los ríos arteriales y la espuma que pasa por mi frente cuando pienso hospitales.
Vuélvete mi sustancia, mi saliva, mi llanto, y déjate arrastrar por estas aguas y por el contrapeso de las chispas que saltan de mis fraguas.
Más todavía súmate a mi sino, a mi cabalgadura temblorosa, y estréchame los pies en los estribos, con los tuyos calzados de palomas y de cuchillos vivos.
Que una sola persona, un solo gesto, sean nuestros dos cuerpos enlazados, y que si yo te beso o tú me besas, sintamos ambos gustos de amapolas y cornada de fresas.
De tal manera unidos compañera, que ni la muerte pueda separarnos, y que de espaldas, en la sepultura, tú recuerdes completa mi presencia y yo inmodificable tu figura.