Amorosa trepaste hasta mi pecho...

Amorosa trepaste hasta mi pecho…

Amorosa trepaste hasta mi pecho después de confesarme cómo un niño tejía ya la vida en tus entrañas. Allí indolente como en blanda cuna, con ronca voz de sueño me pedías el vetusto relato de la viuda. Sin omitir detalle dije al nardo de tus oídos, dispuesto a las delicias de la fábula, cómo engulle a grácil, la divina, uno a uno sus ágiles hijuelos, después de que los tontos pretenden escapar en vano de los blancos, redondos huevecillos, recién cascados con ternura por su pilosa madrecita.