Cubierto de rocío

Cubierto de rocío

A los artistas Luis y Pilar Rius

Con fuertes puños llama la sombra. Hay en mi puerta un cartel que dice: “No pasarás”. Me tienta con mil nombres. Un dulce acento trata, aspira en vano a persuadirme. Añade con rumoreo inteligible, suspiros, palabras de otros sueños. Se repliega derrotada, como diluida tinta en la tremenda noche; pero al sonar de nuevo el día, vuelve, cavilosa torna hasta mi puerta. Llama. Nuevamente: “Ábreme”, pide, mientras los nudillos redoblan su reclamo. Atreve pequeño pie de alhaja mendicante por cualquier rendija, toda labios y súplica, fluyendo como río pesaroso en su ternura. Enciende los cabellos, frotándolos. Resbala a prisa la palma de sus manos. “Abre”. Es río de gemidos a mi puerta. Tinta, he pensado, para emborronar adioses. Golpea. Sangre en los puños. Reclama. Lágrima se juega antecedida por la noche. Sé que ha aprendido de la flor ausencias al volcar perfume de tiniebla. Quizás me espía, su pie en racimo escurre sordo a través del ventanuco, ordenándome en su ejército de invierno o aprehendiéndome ,mediante anhelos que huyen por su harapiento guante. La sombra llama. Razones de dulzura dilapida. Quizá debería abrirle, pero es tarde. En la mañana. A mediodía. Se hace tarde. Siempre es tarde. Siempre es tarde. Niña expósita, abandonada junto al quicio es la luz que la habitaba, de pie, cual desesperado centinela bajo un sol de tristes climas, más allá, buscándome. Los golpes reitera. Tañe los tablones, alarga gemidos de borrega destetada. Allí, junto a la puerta, se desprincipia temerosa de la noche; pero lleva su luz en forma de paloma sobre muerta nieve. Huye a través de ramazones de árboles abúlicos a piedras de soledad. De sí misma huye fuego que aprieta su interior. Pero torna. Su cabellera es viento, flota junto a espesos paños. Ya sus ojos no son ojos. Agujeros de locura en sorpresa y ausencia. Su llamado suena ay a choquezuela, a color amarillo, a flor sin funeral. “Abre”, reitera con torpe voz de tierra. “Abre”.