Dorada de toda desnudez

Dorada de toda desnudez

A Elena Jordana

Podemos advertir sin yerro dónde empieza y termina el círculo goloso, pero nunca dónde acaba el mal de su dulzura. Quien libre esté de Gracia que me siga. Erige la manzana la imaginación al día, porque la luz sin ella, amigos, sería dilatada palidez y nunca radiosa perfección al goce plena. Podemos predecir las estaciones que gestan colores a su piel, pero nunca, lujuriosos impacientes, vaticinar su amorosa carga. Miradla en lo alto de su torre arbórea, transparencias del aire enamorado usufructúa. Besos acendra. En providentes paraísos, tentadora en la crujiente rama, sueñan continuas hemorragias sus vehementes soles. Su dulzura, apetecido mal en competente amor. Su tránsito, tras infinitas somnolencias, la pasión. Radiante desazón con alma, jubilosa, la más amada de todas las mujeres, entre néctares caníbales emerge, dorada de toda desnudez, triunfante, elaborando el himno de morderla sin medida, celebrada por espumas, una vez siquiera.