En la heredad del fruto la dulzura es nombre con que ríe su corteza y en luz callada el fuego se improvisa.
Una voz se levanta del regazo del mundo hasta la tácita quietud, como si habiendo muerto caminara de pronto bajo el árbol de la sangre. Visible caracol baja la espuma.
Abre la herida la doncella del desvarío, ausente el rostro bello; su seno triunfa pero la sombra de la luz que miente, calla. Vuelve su soledad la dura infinitud de sombra y ramas que un nítido asfodelo es la axila gloriosa.
Vano equilibrio el de sus hombros. Descubro en ella el fruto gozoso, su palabra y el impuro deseo de morir bajo otro cielo; a media voz de alcoba. Frente al espejo.