A Juan y Clarita Mora, estudiosos, imprescindibles
El viento, larga herida. Existo y sufro. Padezco exilio en carne viva. Pienso; profeso inhábil ardores de un verano ciego. Elaboro, desatentada voz, llamas y flores con canciones que restan verduras a las eras. Tendido en tierra, amortajado de colores, desato tristes memorias. ¿Me divisa el río? Sí. Sus planetas con celeste amargor me miran a los ojos; prosiguen rumoreantes menesteres; suministran, impávidos el rigor incalculable de quien como tú, dulce piraña, haces aún más desesperadas estas líneas con tu ausencia, que deploran viento, tierra, río, flor y llama; la campiña, con creciente desconsuelo.