XXI. No dejaré de ser así la alejes de tu cercanía tu mejor amiga el agua. En sus claras pupilas reposa bosques músicas menos recurrentes así lo refieren robles entabla el diálogo esperado y tú entonces serás feliz dejaremos de morir un poco.
XXII. Lava tus manos si presientes sobre ti el peso de unos ojos infinitos. Piensa son ángel de papel azúcar fidelísima en memorias sumergidas hasta la transformación del agua en otro pasmo. Esta que ríe lluvias.
XXIII. Rebusca en sus entrañas la floración de un armónium. Si subyacen mil infancias volverá a crecer el tiempo. Desmenuza esta idea vista la corriente de la noche. Su humedad. Nadie estará al final libre de culpa si no besa copas rebosantes. El líquido es hermoso al escanciársele como piel tras un perpetuo fluir.
XXIV. Bajo su embate / ¿sabes? / las rocas desmadejan su dureza de arena / su violenta consistencia hacen / mundo son / instante pasión de tierra reducida a pensamiento granulado. Agua agua agua más aún que idea memoria del mundo: imagen tras espejos.
XXV. Si fuéramos menos llama / lo que se dice objeto expuesto a la tormenta el agua pondría en nuestras manos los sentimientos del trigo: balbuceo entre silvestre canon. Flores campesinas. Pero no es así. Demasiado estrictos somos al compartir males irreparables. Tanto a más secos, somos, que pedernal en aterido fuego. Debemos enmendar los pasos. El amor lo pide.
XXVI. Llevas contigo al niño cuyo rostro pide el agua de la fuente cercana. Llévasela y tórnalo al cuento del ruiseñor / del coyote / Nana Coneja / a la luz de gotas infinitas: alivia sus pesares. Al día siguiente de la hazaña bajo el cielo de junio, singularmente humano el niño revelará su rostro y tú y yo su sed seremos.
XXVII. ¿Cuándo has escuchado, amor, ladrar al agua en días claros, en noches lunadas mientras la madre indígena come la modestia de un tejón? El agua nuestra de cada día nunca acometerá tal desmán. Habla / dice su discurso bajo el sol / sobre la punta de los pies de espigadas cataratas y es forma de silla para la madre indígena. Mírala, contempla cómo el agua de la vida llena vasos transparentes de su historia inmaculadamente dolorosa.