I. Persiste en el aire una herida más grande que las cosas grandes. Me busca. Me encuentra. Me abraza, y al solazarse en la efusión, ¿lo digo? me traspasa de ti.
II. La media noche en alto aún gemía. Alguien preguntó por mí tal vez por asustarme. Logró al punto. Ahora produzco entre visiones pétreas voces lejanas con remar de dientes. Sólo deseo, amor, creerme entre tus sombras ese alguien que me asusta al preguntar por ti.
III. Alguien me disuade; expresa su temor y me conmina. Salto de la cama daga en mano y busco al intruso. No es nadie; es solamente la telenovela del viento en tanto un gato negro crucifica mis ojos en los suyos.
IV. Hundida en un sollozo la noche desmerece. Lambisca sombras. Me divisa en ti como si al anunciarse traspasase, no su materia, mis tinieblas. negros relámpagos escuchan cómo nombro en tu cuerpo otra noches cubiertas de cenizas, tan llama aún como la aurora en donde ardimos sin mirar la luz.
V. Rasgas la noche en muchas llagas, una es luz yendo a su locura; revelación de hormiga en ascua, aquélla; más vaso irresoluto la siniestra; y no la extrema, yo, a quien quisieras preguntarle cómo puede sin quejarse vivir bajo tu pie.
VI. Bajo la sombra mi relación de líquida ventura es imagen a tanta torre erguida más allá de los sentidos, sus adivinaciones altas. La oscuridad, sobre plagarme me destroza y desmigaja ego a ego, soy cuento absurdo referido por el tonelero ciego remedado con afán euclidiano por un señor en cuyas manos el pan es daño con saudade.
VII. Soy palabra omitida dice la piedra; sepultada nadie escucha la dilatación de sus rumores. Soy sensación, nada roída por la humedad del fondo. Me busco tantas veces entre vetas demoradas; menos en una: temor de renacer. a cuanto tú pudieras delegarle al tiempo; allí la piedra dice palabras abolidas por la luz anegada con la sombra.
VIII. Si no te amara, lo que se dice huraño corazón debelado en cucarachas, mi madre, siempre tan cercana, invocaría la lepra para mí. Y mi padre, siempre en la palabra, sin más habría de elegirme cerdos de gruñir bubónico como bayaderas infinitamente lamentables para amenizar con sus encantos,¿oyes?, los chiqueros de mi corazón.
IX. No me hagas caso, amor, sin más apresta tus oídos si te hablo en esperanza. No me traduzcas al idioma de asuntos abrumados de cordura: mi persona no debe preocuparte; salvo, dulcísima, al momento en que tu olvido me devuelva al fondo de la mar sin nombre de donde no debí salir jamás.
X. En mí la noche emprende el viaje; opción de ser sombría rosa o canto a viejos continentes. Ya sus guirnaldas omitidas, habla, es dulce río su invidencia al tentalear la piedra de mi espíritu. Es flor. Al caminar se halla; es tan feliz encuentro en sombras jinetes traza para el viaje. Ahí el perfume a sueño, el sueño; ahí el sabor a noche, noche en vela. Noche, pues, será narrarte en un perpetuo paso cómo el alba uncida a su materia, es rosa de tu canto.