Lejos del alba

Lejos del alba

XI. No es verdad que no me quieras; en cielo y mar, colmena y tierra, encuentro huellas de mi látigo: lictor seguro de tu Sade. No. No es cierto que no me quieras.

XII. Siéntate sobre las brasas y dime de inmediato: ¿A qué huele tu carne de adorables soledades? Huele a mí que soy tu fuego, tu flama siempre en alto, su asador cautivo.

XIII. Hoy vi una flor imbécil. No buscaba el sol; orientada hacia el olvido mostraba un seno lacerado; famélica, sin pan que llevar a la boca. El frío la injuriaba; sus lilas eran decadencia. La convidé a pasar. “El té -le dije- espera. Pan de azúcar vibra para ti”. Pero ella, tan pensarosa flor, en lugar de abofetearme se echó a llorar.

XIV. Si no te amara, lo que se dice huraño corazón debelado en cucarachas, mi madre, siempre tan cercana, invocaría la lepra para mí. Y mi padre, siempre en la palabra, sin más habría de elegirme cerdos de gruñir bubónico como bayaderas infinitamente lamentables para amenizar con sus encantos,¿oyes?, los chiqueros de mi corazón.

XV. El fino espíritu de un lápiz, en su extremada ausencia, con precisión llevó mi mano al admirable trazo de esta línea:


Tan justo se produce el brillo y la imprevista anulación del ánimo, que no podré saberlo nunca cómo he de caminar en ella sin caer al vacío o levantarme presto en caso de que tú me arrojes a la sima de tu olvido.

XVI. Un traje gris vestido de hombre te llevará la noticia… Se murió de pronto. Así… Como quien no quiere la cosa… Diciendo tu dulce nombre… Escupió de pronto entre toses abrumadas de puntos suspensivos los puntos suspensivos que acumuló en su vida.

XVII. ¿Sabes por qué me desvaloro a grados vergonzosos mientras te elevo hasta la altura en donde Dios gobierna? Porque te quiero en entrecejo, maravedí en manos de mendigo. Y porque en tus insomnios, tú, o prefieres lo infinitamente grande o lo infinitamente chico. Y yo no soy lo segundo.

XVIII. Con lágrimas eternas borrarme de la tierra quiere amor. Tal es su pretensión, su desmesura. Junto al árbol, la lluvia sin caer, mi pie de plomo pisa lágrimas. Pidióme que llorase a pierna suelta. Exigió el emblema de mi entraña Dijo: -Si lloras de verdad sabiendo de memoria cada lágrima, aboliré el pecado de las albas y el hambre que adoleces. Tal cosa dijo amor.

XVIII. Como es el entusiasmo por ti donado a mi tristeza medida rebasada por lo ingente, un molino hago de los días en donde el año se hace harina. El tiempo sin mañana me desbasta en puro polvo de nostalgia y en tal manera jubiloso que temo, amada caudalosa, perder amargo la tristeza. Es ella mi única alegría.

XIX. Algo descubre cómo amor me borra de tu corazón. Algo de sol oscurecido tiene; de migajón urdido en frío; algo perdido en universos de canticanto roto en la cisterna en donde yace una sirena muerta.

XX. Mirar los altos cirrus cómo devoran la distancia al alma satisface, mas las hormigas cargan sin medida el peso incalculable de pesos colosales. ¿Hacia la altura, Amor, se lleva el alma y sin duda hacia abajo los sentidos? Dime, ¿dónde estás tú, a quien concedes tus favores?, ¿a la orgullosa nube deleznable o a la hormiga de fuerzas eternales con mi dolor a cuestas?