"Llama de mí" 1984 y "Palabra en tierra" 1997.

“Llama de mí” 1984 y “Palabra en tierra” 1997.

De “Llama de mí” 1984 _A ésta tengo yo y ella me tiene Boscán

A María Elena

Ella me puso amor; dijo: éste es tu nombre y a partir de aquel instante, aquel momento, no tengo otro nombre más que amor._

La noche

I. Persiste en el aire una herida más grande que las cosas grandes. Me busca. Me encuentra. Me abraza, y al solazarse en la efusión, ¿lo digo? me traspasa de ti.

II. La media noche en alto aún gemía. Alguien preguntó por mí tal vez por asustarme. Logró al punto. Ahora produzco entre visiones pétreas voces lejanas con remar de dientes. Sólo deseo, amor, creerme entre tus sombras ese alguien que me asusta al preguntar por ti.

III. Alguien me disuade; expresa su temor y me conmina. Salto de la cama daga en mano y busco al intruso. No es nadie; es solamente la telenovela del viento en tanto un gato negro crucifica mis ojos en los suyos.

IV. Hundida en un sollozo la noche desmerece. Lambisca sombras. Me divisa en ti como si al anunciarse traspasase, no su materia, mis tinieblas. negros relámpagos escuchan cómo nombro en tu cuerpo otra noches cubiertas de cenizas, tan llama aún como la aurora en donde ardimos sin mirar la luz.

V. Rasgas la noche en muchas llagas, una es luz yendo a su locura; revelación de hormiga en ascua, aquélla; más vaso irresoluto la siniestra; y no la extrema, yo, a quien quisieras preguntarle cómo puede sin quejarse vivir bajo tu pie.

VI. Bajo la sombra mi relación de líquida ventura es imagen a tanta torre erguida más allá de los sentidos, sus adivinaciones altas. La oscuridad, sobre plagarme me destroza y desmigaja ego a ego, soy cuento absurdo referido por el tonelero ciego remedado con afán euclidiano por un señor en cuyas manos el pan es daño con saudade.

VII. Soy palabra omitida dice la piedra; sepultada nadie escucha la dilatación de sus rumores. Soy sensación, nada roída por la humedad del fondo. Me busco tantas veces entre vetas demoradas; menos en una: temor de renacer. a cuanto tú pudieras delegarle al tiempo; allí la piedra dice palabras abolidas por la luz anegada con la sombra.

VIII. Si no te amara, lo que se dice huraño corazón debelado en cucarachas, mi madre, siempre tan cercana, invocaría la lepra para mí. Y mi padre, siempre en la palabra, sin más habría de elegirme cerdos de gruñir bubónico como bayaderas infinitamente lamentables para amenizar con sus encantos,¿oyes?, los chiqueros de mi corazón.

IX. No me hagas caso, amor, sin más apresta tus oídos si te hablo en esperanza. No me traduzcas al idioma de asuntos abrumados de cordura: mi persona no debe preocuparte; salvo, dulcísima, al momento en que tu olvido me devuelva al fondo de la mar sin nombre de donde no debí salir jamás.

X. En mí la noche emprende el viaje; opción de ser sombría rosa o canto a viejos continentes. Ya sus guirnaldas omitidas, habla, es dulce río su invidencia al tentalear la piedra de mi espíritu. Es flor. Al caminar se halla; es tan feliz encuentro en sombras jinetes traza para el viaje. Ahí el perfume a sueño, el sueño; ahí el sabor a noche, noche en vela. Noche, pues, será narrarte en un perpetuo paso cómo el alba uncida a su materia, es rosa de tu canto.


Lejos del alba

XI. No es verdad que no me quieras; en cielo y mar, colmena y tierra, encuentro huellas de mi látigo: lictor seguro de tu Sade. No. No es cierto que no me quieras.

XII. Siéntate sobre las brasas y dime de inmediato: ¿A qué huele tu carne de adorables soledades? Huele a mí que soy tu fuego, tu flama siempre en alto, su asador cautivo.

XIII. Hoy vi una flor imbécil. No buscaba el sol; orientada hacia el olvido mostraba un seno lacerado; famélica, sin pan que llevar a la boca. El frío la injuriaba; sus lilas eran decadencia. La convidé a pasar. “El té -le dije- espera. Pan de azúcar vibra para ti”. Pero ella, tan pensarosa flor, en lugar de abofetearme se echó a llorar.

XIV. Si no te amara, lo que se dice huraño corazón debelado en cucarachas, mi madre, siempre tan cercana, invocaría la lepra para mí. Y mi padre, siempre en la palabra, sin más habría de elegirme cerdos de gruñir bubónico como bayaderas infinitamente lamentables para amenizar con sus encantos,¿oyes?, los chiqueros de mi corazón.

XV. El fino espíritu de un lápiz, en su extremada ausencia, con precisión llevó mi mano al admirable trazo de esta línea:


Tan justo se produce el brillo y la imprevista anulación del ánimo, que no podré saberlo nunca cómo he de caminar en ella sin caer al vacío o levantarme presto en caso de que tú me arrojes a la sima de tu olvido.

XVI. Un traje gris vestido de hombre te llevará la noticia… Se murió de pronto. Así… Como quien no quiere la cosa… Diciendo tu dulce nombre… Escupió de pronto entre toses abrumadas de puntos suspensivos los puntos suspensivos que acumuló en su vida.

XVII. ¿Sabes por qué me desvaloro a grados vergonzosos mientras te elevo hasta la altura en donde Dios gobierna? Porque te quiero en entrecejo, maravedí en manos de mendigo. Y porque en tus insomnios, tú, o prefieres lo infinitamente grande o lo infinitamente chico. Y yo no soy lo segundo.

XVIII. Con lágrimas eternas borrarme de la tierra quiere amor. Tal es su pretensión, su desmesura. Junto al árbol, la lluvia sin caer, mi pie de plomo pisa lágrimas. Pidióme que llorase a pierna suelta. Exigió el emblema de mi entraña Dijo: -Si lloras de verdad sabiendo de memoria cada lágrima, aboliré el pecado de las albas y el hambre que adoleces. Tal cosa dijo amor.

XVIII. Como es el entusiasmo por ti donado a mi tristeza medida rebasada por lo ingente, un molino hago de los días en donde el año se hace harina. El tiempo sin mañana me desbasta en puro polvo de nostalgia y en tal manera jubiloso que temo, amada caudalosa, perder amargo la tristeza. Es ella mi única alegría.

XIX. Algo descubre cómo amor me borra de tu corazón. Algo de sol oscurecido tiene; de migajón urdido en frío; algo perdido en universos de canticanto roto en la cisterna en donde yace una sirena muerta.

XX. Mirar los altos cirrus cómo devoran la distancia al alma satisface, mas las hormigas cargan sin medida el peso incalculable de pesos colosales. ¿Hacia la altura, Amor, se lleva el alma y sin duda hacia abajo los sentidos? Dime, ¿dónde estás tú, a quien concedes tus favores?, ¿a la orgullosa nube deleznable o a la hormiga de fuerzas eternales con mi dolor a cuestas?


La ablución

XXI. No dejaré de ser así la alejes de tu cercanía tu mejor amiga el agua. En sus claras pupilas reposa bosques músicas menos recurrentes así lo refieren robles entabla el diálogo esperado y tú entonces serás feliz dejaremos de morir un poco.

XXII. Lava tus manos si presientes sobre ti el peso de unos ojos infinitos. Piensa son ángel de papel azúcar fidelísima en memorias sumergidas hasta la transformación del agua en otro pasmo. Esta que ríe lluvias.

XXIII. Rebusca en sus entrañas la floración de un armónium. Si subyacen mil infancias volverá a crecer el tiempo. Desmenuza esta idea vista la corriente de la noche. Su humedad. Nadie estará al final libre de culpa si no besa copas rebosantes. El líquido es hermoso al escanciársele como piel tras un perpetuo fluir.

XXIV. Bajo su embate / ¿sabes? / las rocas desmadejan su dureza de arena / su violenta consistencia hacen / mundo son / instante pasión de tierra reducida a pensamiento granulado. Agua agua agua más aún que idea memoria del mundo: imagen tras espejos.

XXV. Si fuéramos menos llama / lo que se dice objeto expuesto a la tormenta el agua pondría en nuestras manos los sentimientos del trigo: balbuceo entre silvestre canon. Flores campesinas. Pero no es así. Demasiado estrictos somos al compartir males irreparables. Tanto a más secos, somos, que pedernal en aterido fuego. Debemos enmendar los pasos. El amor lo pide.

XXVI. Llevas contigo al niño cuyo rostro pide el agua de la fuente cercana. Llévasela y tórnalo al cuento del ruiseñor / del coyote / Nana Coneja / a la luz de gotas infinitas: alivia sus pesares. Al día siguiente de la hazaña bajo el cielo de junio, singularmente humano el niño revelará su rostro y tú y yo su sed seremos.

XXVII. ¿Cuándo has escuchado, amor, ladrar al agua en días claros, en noches lunadas mientras la madre indígena come la modestia de un tejón? El agua nuestra de cada día nunca acometerá tal desmán. Habla / dice su discurso bajo el sol / sobre la punta de los pies de espigadas cataratas y es forma de silla para la madre indígena. Mírala, contempla cómo el agua de la vida llena vasos transparentes de su historia inmaculadamente dolorosa.


Llama de mí

XLII. No me conozco. El sabor, tras su pequeño eclipse, me desconoce. Ni la luz, tamiz al ojo, sabe. ¿Seré el reverso, mi otra faz en apartado olvido? Nadie es náufrago; el mar, trama de repeticiones, no me conoce. Nadie amor, me identifica, a no ser tú. Tú, sensible tierra; oído en fuego al paladar desnudas mis raíces. Tuyo soy, lo aúllan lunas cautivas. No me conozco. Árbol, mueble del pasado; también sus barcos sobre la mar daltónica hacia la otra orilla. Sólo tú eres; real en mi reverso estoy. Antes, hogaza de tiempo en bodegones silenciosos. De tal ahí sí soy, tu ahí, amor. Alegría de saberme diferenciado en cada cosa. Tú, amor, llama de mí.

XLIII. Vuelves a mí. Me hojeas al medir el tiempo. Lees largos párrafos hasta descubrir océanos temperados en perezas al yacer en tus rodillas a mitad del tiempo como árbol de raíz izada hasta la cúpula de un templo.

XLIV. Déjenme escucharla, oír cómo se queja; acaso sus silencios quiera oír, cómo se encanta mirándose al espejo. Déjenme tener entre las manos sus lobos luminosos, el epitafio del espejo en donde amor exacto vence a la luz con sus corderos.

XLV. Hay una canción que canta el mundo; muchas hay: las cantan los perdidos. La canción (nuestra canción) es música por cuyo ensalmo nace la tierra en pensamiento pero lanzada hacia el espacio en donde el sol lo quiere: siempre lo ha querido, amor, hacernos sitio.

XLVI. ¿Sabes? Nombrar sombras de las cosas compete al más sensible de los girasoles. Destinan gestos de sus cuellos al seguir al astro. Durante las primeras horas son triunfo de lo efímero yendo hacia la inmortalidad de las tardes sin mañana. Así es mi amor.

XLVII. Con solo tú quererlo todo tendría un nombre; ah, cuántas cosas hay que no lo tienen por ejemplo, yo. No sé cómo nombrarme sobre todo después de ver tus ojos; ellos lo cambian todo talvez para borrar al mundo. Este tampoco tiene nombre.

XLVIII. Tú piensas en secreto negarme tu secreto que ya sé. Te abstienes de que sepa con cuánto afán un día los espejos una paloma encinta sacaron de las aguas en tanto tú, dulcísima, con doble llave condenabas a tu infidente corazón para que no me lo dijera nunca.

XLIX. Suena el reloj: su campana de noche, su yo profundo; suena y tú duermes. Por ti velamos la campana, el reloj: el yo profundo de la noche; el silencio lactante de tu sueño.

L. Cuando despiertas apeteces el pávido pomelo. Secreto en su frescura, intacto en sus granates, instantáneos crepúsculos propicia. Así traduzco, amada mía, palabras que Pastor Cervera, merced a su divina trova extrema.

LI. Frente a tu casa crece un árbol laborioso en profecías. Sumido en su penumbra habla; a solas habla y dice memorias para el tiempo. Con cuánto amor sonríes, me refiere, al signo en humo de los perros, al impetuoso sol de mediodía, a rosas imitadas por las rocas nombradas por las rosas. Te observa y te describe con un rumor a yedra adherida a paredes amorosas. el árbol profetiza.

LII. Nos es dable escribir en las paredes, ¡vivan las bugambilias! Mirarlas cómo trepan entre el color gozoso. Nos esté dable todo, menos dejar con labio uncioso un beso en manos de los aires, autores son de bugambilias tristes en mis nocturnos muros.

LIII. El día en su acabada obra con lúcido sentido reconoce cuál es tu casa, amada mía, se vuelca en rojos y amarillos al escribir tu nombre sobre el horóscopo encendido de transparentes puertas que, al entonarlas, ¿sabes?, recuerdan el incendio de locas bugambilias en donde yo contemplo al día, su esmeradísima obra, sin cese trabajar por ti.

LIV. Pero haces la buena señal; desciende el cielo en copos las yerbas te rodean, te tornan transparente. Flores de abril persisten. Esplende agosto caluroso; pero ellas, todavía, pronuncian su primer perfume; se oponen de la edad al paso: no son minuto de la nada. Te siguen y por ello nunca mueren.

LIV. El perro del vecino rico ladra. No son las tres de la mañana. Deambulo por las calles. Nadie me mira remontar las sombras. Las estrellas contemplan hacia el monte, nunca hacia mí, el desquiciante. Igual a los gañidos de los perros una impresión persiste en acuciarme. Cuando dijiste “Yo te amo”, las mil jaurías de mi corazón rompieron en ladridos y las estrellas del vecino rico miraron hacia mí y no hacia el monte, más pequeño ahora al aceptar mi justo orgullo de amante afortunado.

LV. Hombres hay que venderían en mercados, lonjas y bazares, su pobre alma al cuerpo ajeno; o el cuerpo enfermo al alma mendicante, sin más finalidad que ver salvaguardadas la vida y sus axilas. No quiero ser persona a quien imputen tales desvaríos. Compra mi alma tú, en buena hora, y verás cómo todos en la tierra lapidarán las puertas de tu casa con rosas, estrellas y diamantes pretendiendo sofocarnos con su estúpida riqueza.

LVI. ¿Sabes cuándo amor me dijo: ¡Quiérela!? Fue el día de la gota entendiéndose en el mar de su paciencia junto a nubes añorándose en las nubes sobre un cielo más azules que distancia. La misma gota de agua convidada por el aire al explicarse cómo y cuándo amor me dijo: ¡Quiérela!

LVII. ¿Quisiera usted mi vida prestarme el corazón que le encargué? La rosa de encarnada vida nacida en su jardín anoche incontinente me lo pide.

LVIII. Vives para siempre en mi corazón. Ello limita el movimiento libre de tus pasos. ¿Cómo respiras en estrechez tan grande? ¿Podrías, si quisieras, labrar un ventanuco en las paredes de tu cárcel? ¿Y cómo liberarte si ocupas resquicios, relojes y cancelas, sus vueltas y retornos. Lo que se dice, amada, zapato rojo sin frontera, semilla, idea de árbol, cárcel volcada en otra cárcel, prisa siempre detenida, alegre lobreguez, inapetencia? ¿Cómo escapar de su estrechez si es amor, mi vida, el insomne carcelero?

LIX. Infamo el pliego de papel al escribir mi nombre. Pero tú, canto y alabanza, al deletrearlo lo redimes. Sobre mi frente inscribo el tuyo, como un devocionario que dictaran floraciones del alba agradecida; uncioso oficio sombra mía al ventilar amor las cuadras de mi Abdera.

LX. Pero sí me amas, prescrito lo han lejanos astros, la huella del castor sobre las aguas. Donde haya de posar los ojos o tentalear estremecido, hallo los signos indudables; dicen: aquí el castor estuvo bajo astros rutilantes labrando con su rastro tu ventura.

LXI. Déjenme seguir las voces espasmos de la copa bajo el destino cenit de sus transfiguraciones. Si han de dejarme amor, me llenaré de ti de tal manera,. avistados los corderos de las sublimaciones, que no sabré nunca dónde empieza la mano de tu mano y el cuerpo de tu cuerpo.

LXII. Haz el esfuerzo, quiéreme; en sorbo de tinto y la dorada hogaza, cuanto Dios promedia entre tu sonrisa de varios años ha y la verde madurez. Comámonos sin melindres, sin esfuerzos, como si naciéramos modelados por divina humana levadura.

LXIII. Pero si e quieres. El fuego a cedro de las panaderías viene a decírmelo. Tus manos en la harina dejan estelas; más allá dedos del ayuno cuando comía tu presencia entre lejanos páramos. Sí me quieres dice el agua al agua mientras me consumes en tu fuente a medida que el día parte su pan con la colina.

LXIV. Sé que pides la sustancia de la primavera en las panaderías. Dices: “Quiero comulgar. Educarme en golondrina merced a la tarea del pan salido de la llama”. Lo sé; lo he sabido siempre. Llama de mí.

LXV. Información de llama, tú y yo en solo un trazo cuando amasamos también transfigurados el pan que Dios Nuestro Señor nos dio por cuerpo.

El Rosedal, Coyoacán, 18 de agosto de 1984

De “Palabra en tierra” 1997

Futuro

Tener un nombre, lo primero. La mujer. El fusil de dulce carga. Estrellas caudalosas. Después, lo que se adquiere con el aire; el agua con la sed, la geometría, el hambre. Antes, haber cavado en la ceniza la madriguera de la brasa, tatuado en rostros inconclusos el infortunio, la miseria: traición del pan de cada día. Antes, copa del viento la garganta, haber destrozado el romanticismo, sus rosas petulantes, su copa encanecida mientras ciega el fusil de la esperanza: la nostalgia del mundo sumergido en la gota de sueño. Porque después, escúchame, vendrán los efímeros leviatanes rabiosamente hincados en el cuello del hombre que agoniza: comerciantes de doble y triple dentadura mientras nosotros, pueblos del mundo, terminamos de crecer.


Fraternidad

Tomaré el lápiz más humano. Lápiz sin crótalos ni luces invisibles, sólo el color, la forma sin olvido, la aljaba de los panes milagrosos, el agua en llama cuantas veces quiera.

El ojo de una sombra, sus vacíos fielmente retratados en el vano, el maxilar y la medida, lápiz de azules golondrinas, paz del alba, fruto del fruto y ámbar del trabajo.

Camino y pez en paz, fetal dolencia, el canto en sorbo, el trazo justo, lápiz, cernida estrella en la mañana, digo, vivo diciendo lápiz que tu sombra dibuje el alto cielo de mi patria.


Midas

La maldición fue ésta: “lo que toques será en oro convertido”. Ni la doliente dalia, que sigue al día como un perro, ni la fastuosa hormiga en el lecho en que yazgo, han escapado al sortilegio.

Todos perecen.


Muerte

Reunidas las pupilas para siempre, banquete es el afán y no la espina; pero tú, devastado martirio de hoy, serás la desposada de mañana.


Mujeres

Tibias y poderosas, salud en los molinos anhelantes; aspas son, y luciérnagas, misa del horno y la manzana.

Yo, cartógrafo en sus laúdes, el mundo me destina la forma de sus senos, particulares, hoscos y gentiles.


Pesadilla

¿Acaso puse en los cielos nocturnos las estrellas rutilantes, en las aguas la simiente de los peces y en los bosques la rabia de los árboles, para que preguntes cómo he podido incinerar mi corazón entre las urnas? Hermanos, calcomanías, esteras, lobos, pestañas, rojos retratos, vasos, postales, mercaderes, horticultura, grises de humo, pasos, nivel del alma, tornillos suspirantes, quietud, incensarios bajo las lámparas. ¿Cómo puedes preguntar, entonces, si tu corazón -festín de ratas- yace incinerado y nadie lo redime?


¿Quién ha muerto?

¿Por qué mi alma vuela aún en pos de ti, oh prodigiosa? ¿Por qué al remover mis aguas emerge un brazo ciego, armado con las armas del día y la profunda tristeza del mundo? ¿Por qué si nada existe ya fuera del círculo de fuego mi alma aún te busca como sonda en un mar ilimitado? ¿Quién con mano osada levanta las cometas en el cielo ignorando tus ojos de inocente transparencia donde yacen el fin y el principio de la noche alarmada por los astros? ¿Quién busca entre tus vetas la pertinacia de los metales que aduermen viejos ritos de nuestro amor ya sepultado? ¿Cómo y dónde hallar los recentales de cálido mugido, unidos a tus pies, al otoño que tus pies dejaban al segar la yerba del buen año y la respiración el mirlo? ¿Quién, entonces, ha muerto, oh prodigiosa, en las riberas de lagos lúcidos, palomas propensas a desfallecer de ternura? ¿Acaso nuestra frente ha fallecido viviendo aún la tarde, esplendiendo la aurora sobre la llama de un fantasma hosco? ¿Nuestras manos? ¿Los pies del tullido? ¿La prisa del jinete que gana todavía la esperanza, en medio la batalla de los años? ¿Quién ha muerto aquí? ¿El lobo o el pastor? ¿Acaso la vigilia de jardines episódicos, presos bajo el hierro del desengaño?


Recién casada

Las bestias se bebieron la champaña, de rodillas, todas, con las copas llenas; de uñas, todas, con los vasos rebosantes. Tú, amor, dulce hasta perderte en la inscripción de este epitafio, posabas los ojos en mí y sonreías llorando cada gesto, como si previeras mi muerte, mi desesperación, el adiós de quien te ha perdido.


Soliloquio

Escucha, amor, esta llama doblemente amarga, su poblada deferencia de tiniebla. Amados alacranes en tus hombros.

Mírame dormir en tu corpiño, imagen, sensación de olvido. Hoy contemplas la camisa que me diste rota a mordiscos desesperados. rodillas y hierba.

¿Quién organiza el funeral y muerde el sollozo del último invitado?


Tus manos en las mías

Persistirá tu rostro sobre la espuma albeante. El barco dibujado. Inscribí tu nombre en las cortezas de los árboles, a fresa sangre di el color de tus ojos y en gotas transparentes, gajos del agua, tallé la flor reclinada de tarde en un pañuelo roto, revuelto el arcón; despreciada la máscara del día, los años apretaron tus manos en las mías. ¿Cuándo volverá la rama radiante de sol a impartirnos su lección de fiebre? El camino lleva veredas de ventrílocuo, empecinados remolinos, alma y canción, ermitas bajo el olmo en rapidez de sombras rumoreantes al desvanecerse. El barco, ciempiés sus remos en el agua, ha empezado a caminar, tus brazos tienden las velas amortajando la mucha lejanía. ¿Quién nos vive? ¿A cuántos seres habitamos, descritos en otras existencias libres de melancolía? Sólo tú reconocerás la antigüedad del agua apisonada por las olas, reencontrarás el camino en las vertientes, lúcida al hacer morada mi memoria. Persistirán tus sienes, el palafrén azucarado en el frontón de la repisa, tus amados indios, los negros maltratados como libros revueltos sobre un mostrador de zánganos. La palabra amor ya no me es negada. Sugiere su maduración, sus rayos. Tomo en la reverberación la lámpara que un nocturno día dirigiera mi ejercicio, tú la agitabas entre los relámpagos de la sombra. Pies y brazos. Movimiento. Entonces me tomabas en tus brazos. ¿Cuántas estrellas cambiaron sus primeros dientes? ¿Cuántos árboles renovaron el surtidor de ramas para encubrirnos? La humedad es sólo nombre destructivo del agua o su vitalidad anónima. La diferencia, su principio como quien, secretamente, menciona un bacilo fervoroso, pero menos seguro de sí mismo, tras la huella del ángel arrepentido. Ha empezado la secreta ablución. Los topacios atados en el interior del calcio lúcido, prorrogan la transparencia al orar, mirando hacia el oriente, tenaces sus castañuelas cíclicas, ¡y he aquí parroquianos en los eriales que el agua había corroído la suma de las rocas y su voz alcanzaba a tocar los paraguas del diluvio, hacinados en árboles y dólmenes!