Llama de mí

Llama de mí

XLII. No me conozco. El sabor, tras su pequeño eclipse, me desconoce. Ni la luz, tamiz al ojo, sabe. ¿Seré el reverso, mi otra faz en apartado olvido? Nadie es náufrago; el mar, trama de repeticiones, no me conoce. Nadie amor, me identifica, a no ser tú. Tú, sensible tierra; oído en fuego al paladar desnudas mis raíces. Tuyo soy, lo aúllan lunas cautivas. No me conozco. Árbol, mueble del pasado; también sus barcos sobre la mar daltónica hacia la otra orilla. Sólo tú eres; real en mi reverso estoy. Antes, hogaza de tiempo en bodegones silenciosos. De tal ahí sí soy, tu ahí, amor. Alegría de saberme diferenciado en cada cosa. Tú, amor, llama de mí.

XLIII. Vuelves a mí. Me hojeas al medir el tiempo. Lees largos párrafos hasta descubrir océanos temperados en perezas al yacer en tus rodillas a mitad del tiempo como árbol de raíz izada hasta la cúpula de un templo.

XLIV. Déjenme escucharla, oír cómo se queja; acaso sus silencios quiera oír, cómo se encanta mirándose al espejo. Déjenme tener entre las manos sus lobos luminosos, el epitafio del espejo en donde amor exacto vence a la luz con sus corderos.

XLV. Hay una canción que canta el mundo; muchas hay: las cantan los perdidos. La canción (nuestra canción) es música por cuyo ensalmo nace la tierra en pensamiento pero lanzada hacia el espacio en donde el sol lo quiere: siempre lo ha querido, amor, hacernos sitio.

XLVI. ¿Sabes? Nombrar sombras de las cosas compete al más sensible de los girasoles. Destinan gestos de sus cuellos al seguir al astro. Durante las primeras horas son triunfo de lo efímero yendo hacia la inmortalidad de las tardes sin mañana. Así es mi amor.

XLVII. Con solo tú quererlo todo tendría un nombre; ah, cuántas cosas hay que no lo tienen por ejemplo, yo. No sé cómo nombrarme sobre todo después de ver tus ojos; ellos lo cambian todo talvez para borrar al mundo. Este tampoco tiene nombre.

XLVIII. Tú piensas en secreto negarme tu secreto que ya sé. Te abstienes de que sepa con cuánto afán un día los espejos una paloma encinta sacaron de las aguas en tanto tú, dulcísima, con doble llave condenabas a tu infidente corazón para que no me lo dijera nunca.

XLIX. Suena el reloj: su campana de noche, su yo profundo; suena y tú duermes. Por ti velamos la campana, el reloj: el yo profundo de la noche; el silencio lactante de tu sueño.

L. Cuando despiertas apeteces el pávido pomelo. Secreto en su frescura, intacto en sus granates, instantáneos crepúsculos propicia. Así traduzco, amada mía, palabras que Pastor Cervera, merced a su divina trova extrema.

LI. Frente a tu casa crece un árbol laborioso en profecías. Sumido en su penumbra habla; a solas habla y dice memorias para el tiempo. Con cuánto amor sonríes, me refiere, al signo en humo de los perros, al impetuoso sol de mediodía, a rosas imitadas por las rocas nombradas por las rosas. Te observa y te describe con un rumor a yedra adherida a paredes amorosas. el árbol profetiza.

LII. Nos es dable escribir en las paredes, ¡vivan las bugambilias! Mirarlas cómo trepan entre el color gozoso. Nos esté dable todo, menos dejar con labio uncioso un beso en manos de los aires, autores son de bugambilias tristes en mis nocturnos muros.

LIII. El día en su acabada obra con lúcido sentido reconoce cuál es tu casa, amada mía, se vuelca en rojos y amarillos al escribir tu nombre sobre el horóscopo encendido de transparentes puertas que, al entonarlas, ¿sabes?, recuerdan el incendio de locas bugambilias en donde yo contemplo al día, su esmeradísima obra, sin cese trabajar por ti.

LIV. Pero haces la buena señal; desciende el cielo en copos las yerbas te rodean, te tornan transparente. Flores de abril persisten. Esplende agosto caluroso; pero ellas, todavía, pronuncian su primer perfume; se oponen de la edad al paso: no son minuto de la nada. Te siguen y por ello nunca mueren.

LIV. El perro del vecino rico ladra. No son las tres de la mañana. Deambulo por las calles. Nadie me mira remontar las sombras. Las estrellas contemplan hacia el monte, nunca hacia mí, el desquiciante. Igual a los gañidos de los perros una impresión persiste en acuciarme. Cuando dijiste “Yo te amo”, las mil jaurías de mi corazón rompieron en ladridos y las estrellas del vecino rico miraron hacia mí y no hacia el monte, más pequeño ahora al aceptar mi justo orgullo de amante afortunado.

LV. Hombres hay que venderían en mercados, lonjas y bazares, su pobre alma al cuerpo ajeno; o el cuerpo enfermo al alma mendicante, sin más finalidad que ver salvaguardadas la vida y sus axilas. No quiero ser persona a quien imputen tales desvaríos. Compra mi alma tú, en buena hora, y verás cómo todos en la tierra lapidarán las puertas de tu casa con rosas, estrellas y diamantes pretendiendo sofocarnos con su estúpida riqueza.

LVI. ¿Sabes cuándo amor me dijo: ¡Quiérela!? Fue el día de la gota entendiéndose en el mar de su paciencia junto a nubes añorándose en las nubes sobre un cielo más azules que distancia. La misma gota de agua convidada por el aire al explicarse cómo y cuándo amor me dijo: ¡Quiérela!

LVII. ¿Quisiera usted mi vida prestarme el corazón que le encargué? La rosa de encarnada vida nacida en su jardín anoche incontinente me lo pide.

LVIII. Vives para siempre en mi corazón. Ello limita el movimiento libre de tus pasos. ¿Cómo respiras en estrechez tan grande? ¿Podrías, si quisieras, labrar un ventanuco en las paredes de tu cárcel? ¿Y cómo liberarte si ocupas resquicios, relojes y cancelas, sus vueltas y retornos. Lo que se dice, amada, zapato rojo sin frontera, semilla, idea de árbol, cárcel volcada en otra cárcel, prisa siempre detenida, alegre lobreguez, inapetencia? ¿Cómo escapar de su estrechez si es amor, mi vida, el insomne carcelero?

LIX. Infamo el pliego de papel al escribir mi nombre. Pero tú, canto y alabanza, al deletrearlo lo redimes. Sobre mi frente inscribo el tuyo, como un devocionario que dictaran floraciones del alba agradecida; uncioso oficio sombra mía al ventilar amor las cuadras de mi Abdera.

LX. Pero sí me amas, prescrito lo han lejanos astros, la huella del castor sobre las aguas. Donde haya de posar los ojos o tentalear estremecido, hallo los signos indudables; dicen: aquí el castor estuvo bajo astros rutilantes labrando con su rastro tu ventura.

LXI. Déjenme seguir las voces espasmos de la copa bajo el destino cenit de sus transfiguraciones. Si han de dejarme amor, me llenaré de ti de tal manera,. avistados los corderos de las sublimaciones, que no sabré nunca dónde empieza la mano de tu mano y el cuerpo de tu cuerpo.

LXII. Haz el esfuerzo, quiéreme; en sorbo de tinto y la dorada hogaza, cuanto Dios promedia entre tu sonrisa de varios años ha y la verde madurez. Comámonos sin melindres, sin esfuerzos, como si naciéramos modelados por divina humana levadura.

LXIII. Pero si e quieres. El fuego a cedro de las panaderías viene a decírmelo. Tus manos en la harina dejan estelas; más allá dedos del ayuno cuando comía tu presencia entre lejanos páramos. Sí me quieres dice el agua al agua mientras me consumes en tu fuente a medida que el día parte su pan con la colina.

LXIV. Sé que pides la sustancia de la primavera en las panaderías. Dices: “Quiero comulgar. Educarme en golondrina merced a la tarea del pan salido de la llama”. Lo sé; lo he sabido siempre. Llama de mí.

LXV. Información de llama, tú y yo en solo un trazo cuando amasamos también transfigurados el pan que Dios Nuestro Señor nos dio por cuerpo.

El Rosedal, Coyoacán, 18 de agosto de 1984