Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante...

Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante…

A María Antonieta Domínguez Bella. Inolvidable

Lo importante es llegar. Vivir (ahí) el instante. Seguir justo hacia el muro. Llamar con nudillo recio. Interrogar. ¿Llega la respuesta? Mirar el aire y tomar medidas. Luego en la pared hendir el clavo; con bronco gesto deshuesar pollo y colmena tramontada la mejilla –embriagados en la triquiñuela del paraguas pero volver al estado edénico. Inquirir: “¿Perdone, vive aquí Angélica?”, esperar que torne la fámula cuya sonrisa es arcoiris y he aquí que vuelve descubriendo que nunca tuvo lengua; por ello sus palabras son imaginación y eclipse, repetición de estero en plena calle, canicular es con su aquí, su allí, sus pájaros con papelitos. Ahí. Justamente en el quicio, Angélica escucha a pregunta: “¿Perdone, vive aquí Angélica?” Revierte misterio yéndose hacia el fondo. Volverá sin habla porque tú, reventador de globos metafísicos (ojo con Break-up), te empeñas en revivir mitos, haciéndole a loquito sin importarte los árboles arrancados de raíz por un Orlando ferruginoso. Te gustaría serlo. Puedes, deberías serlo: Medoro; él deberá templar nuestros laúdes corazones y dar en pago porciones de angélicas, la venda de su falda, o l eones que recorren invisibles el borde de sus labios al momento de besar y ser besada. Pero el imbécil (tanto puede así el rencor) ni siquiera escucha los puñados de envidia contra su ventana. Entretenido con la bella en darle cucharadas de pornografía por si ella no supiera hacerlo. Y todos aquí como pazguatos viendo las perradas de Nixon, Templando los carrillones del fútbol malón y pútrido, llenándonos de cebada caminados de cerveza, aspirando perfumes cercanos con gasolina al hombro. Mientras Medoro, escuchadlo rehileteros del resentimiento, se arma de piel, de satinados senos, aljófares, humores entre perlas distilados. Y no hay caso. El reumatismo. La tos renuente frente al televisor. Alguien llega y dice: “No eres hombre de tu tiempo como Dante fue del suyo. Perogrullo de la eternidad.” Te metes en los surcos del disco: malestrom llamado Richter y todo se chinga porque, sin remedio, te evades de tu siglo; no digamos de mi/tu minuto. Empiezas a malografiar cielos confundidos con legañas.

Angélica, nube y perfume, allá, lejanamente, después del acto con ya sabes quien te envía, desde el fondo del disco su dulce, cálida, interminablemente tierna meadita, arpegiada con algalias, escondida entre rosas laboriosas a la sombra del oro.