Mágicos sábados. Humildes días de la consolación. -Transitaban tus pies naranjas gigantescas y aldeas de ojos verdes de las uvas con aspas en la trompa. De un solo hachazo abrí tu puerta; soplé en tus pechos la mirada de un blues, esta canícula de hormigas obscenas; (la mirada abierta del escote fundó la desazón, el martirio y la música). Amantes sábados en la sartén de la semana destazada a pulso. Elegías mi mano, todavía garra prendida al seno de una copa: en ella naufragaban viejos dioses, en tus aretes bruscos, balanceándolos. Entonces empujé la puerta hasta mañana en busca del gránate feliz para los pobres, y di las buenas tardes a tus bloomers. ¡Azules trampas descended por fin! Encendiste los días sábados enfrentando los ojos a los míos que espiaron la rendija anaranjada. “¡Quién vive!” -dijo el centinela, de bruces, escuchando el diálogo frenético del viejo halcón amaestrado. Giratorio melón en la escudilla mínima, días sábados, albos para siempre, amables como piernas en las cercas. Y todavía contra la pared, solamente empujando sin atender tu dulce reticencia, -al otro lado juegan niños verdes- faldas arriba; el tiempo despuntado desmadeja tus cómodos limones; todavía en la puerta el minucioso beso.
Trepidaban las lámparas. Tejones transparentes salían de la alfombra hendiendo el polvo mancillado en los rinocerontes de tus pechos felices. Polvo errante caía; cielo, demente torbellino, en tu gránate a pájaros secretos. Pero debo cerrar los ojos sábado, pensar cómo llama la muerte.