Permíteme mugir tu nombre. No te merece al esplendor de un sol euclidiano, Marsias. Mas déjame morir si el alba pone por fin desvencijado, el huevo de avestruz en cuyo centro amor han dicho que el dado de tu nombre axial su furia agita en las herbosas sienes de Pitágoras, bajo un terrible mil y un cero.
¿Lo ves, amor? -los números rodantes en manos del fullero Apolo igual a ti, trabajan en mi contra.