¿Por qué mi alma vuela aún en pos de ti, oh prodigiosa? ¿Por qué al remover mis aguas emerge un brazo ciego, armado con las armas del día y la profunda tristeza del mundo? ¿Por qué si nada existe ya fuera del círculo de fuego mi alma aún te busca como sonda en un mar ilimitado? ¿Quién con mano osada levanta las cometas en el cielo ignorando tus ojos de inocente transparencia donde yacen el fin y el principio de la noche alarmada por los astros? ¿Quién busca entre tus vetas la pertinacia de los metales que aduermen viejos ritos de nuestro amor ya sepultado? ¿Cómo y dónde hallar los recentales de cálido mugido, unidos a tus pies, al otoño que tus pies dejaban al segar la yerba del buen año y la respiración el mirlo? ¿Quién, entonces, ha muerto, oh prodigiosa, en las riberas de lagos lúcidos, palomas propensas a desfallecer de ternura? ¿Acaso nuestra frente ha fallecido viviendo aún la tarde, esplendiendo la aurora sobre la llama de un fantasma hosco? ¿Nuestras manos? ¿Los pies del tullido? ¿La prisa del jinete que gana todavía la esperanza, en medio la batalla de los años? ¿Quién ha muerto aquí? ¿El lobo o el pastor? ¿Acaso la vigilia de jardines episódicos, presos bajo el hierro del desengaño?