Dios, con vuestro poder empiezo este Desconsuelo, el cual hago cantando, a fin de consolarme… Ramón Llull
Acaba de entonar su canto, oílo con claro acento diáfano, lo juro, un bagazo de sombra. Con sigilo su cautivo eco perseguí a lo oscuro de un viejo corazón. Buscaba asilo entre el peñasco sensitivo y duro que, por usted Señora, en su ansiedad reduce a luz difusa oscuridad.
Era una nota sostenida y pura: cuajarón de miserias pero altiva; asombro no mostraba en su ardentura pero sí forma pasional y esquiva, de objeto sordo que al buscar la oscura visión de un alma que se dice viva, mi luz apaga y luego se convierte en anuncio cercano de la muerte.
Usted lo sabe amada mía. Claro es mi destino ente sus manos; muero porque sí muerto en mar, en ola, en faro, bajo el terrible ayuno de su acero. Desnazco a mi caballo, su reparo es de la tierra que abomino fiero porque su luz, Señora mía, crece, mientras la mía sin cesar padece.
Producto de imaginaciones vengo con paso desigual, sin más propósito que oír la sombra entre mi canto rengo, a dejar a su puerta un niño expósito que hubo de engendrar mi corazón. Tengo, Señora, que salvarlo. A su depósito confío su precaria vida, tanto como canta mi sombra hacia su llanto.
Entre sus manos dejo su ternura, su día en el dolor articulado; dejo su carne, traigo su conjura de ser pequeño Cristo transformado. Usted inyéctele su azul locura mientras palpa su cuerpo lacerado y percibe en la sombra de su ovario la música infinita del Calvario.
Sobre un madero clávelo, inclemente corónelo de espinas aceradas; pregúntele despacio cómo siente sus dulces y divinas puñaladas. Amorosa destrócele la frente; las entrañas, de usted enamoradas. Óigale decir: “Muero, luego existo”, en tanto reza Usted ante aquel Cristo.
Vuelve el sonido a revelar su guerra de sombras. Fiebre de penumbra, arde; la música es un puño que se cierra en torno a mi garganta, o la cobarde humana condición de ser la tierra de quien alienta, nace y muere tarde porque es Usted, sin más, la ley severa que me ha prescrito que de amores muera.
Así es. De amores muero sin lamentos de ociosa artesanía; muero y quiero que vayan mis suspiros a los vientos. Vientos quiero que mueran si me muero sin pretender dejar mis aspavientos de pobre moribundo en el sendero. Sendero que yo quiero. (Sus pisadas son pisadas de amor ensangrentadas).
Es un cuajo de sombras el que late, repite y desestima mi baraja. Es un grito de amor en el combate, un manotazo frío hacia la caja; es el musgo entonando el jubilate a la existencia coja que trabaja, en su risa morada de azucena, el veneno de amor que me envenena.
Es todo mal, Señora, que enemista virtud de un corazón hendido a pulso; es dulzura atonal de la amatista, un tajo a contralumbre y el convulso sentimiento saudoso del artista, esclavo sanguinoso del impulso, que desea comérsela a Usted y con su sangre mitigar su sed.
Arden las sombras, lujo intemporal del espacio cuajado de serpientes. Tango negro desata en vendaval vasos de lumbre, cálidos nepentes. Corre Justine seguida por el mal desgarradas las fauces y los dientes hincados en la carne de la diosa; ¿es flor la sangre, bella y primorosa?
Que no es el ruiseñor quien canta, oílo, exquisita Madam Legere, lo juro; era un puñal de amanecido filo a cuya voz la carne de lo oscuro caminos al morir halla un estilo. Por eso entre su umbría me inauguro seguro de nace3r a mayor vida si usted, amor, me hiere con su herida.
¿Tal vez la alondra mañanera? Nunca el cuajarón de sombras se produjo melificando notas. La espelunca abierta entre la carne se condujo más bien, Amor, sobre la umbría trunca. La voz sin luz Señora, que sedujo mi corazón comido de gusanos fue el cálido puñal entre sus manos.