…la mujer a quien declaro mi amor oculta tras la espalda el puñal que ha de matarme. Kean, J. P. Sartre
I No seré quien soy si tu silencio me incinera, Sibila. Ni mañana ni nunca podría ser el que me habita si tú, sobre la mesa, desdeñas mi taza de café sin día. Nada ordenaría la veloz paloma contra el cielo y la muerte, rodilla temblorosa, si emprendes mis humillaciones flameando viejísimos sudarios. Tenme sobre tu frente, sien de las pasiones, en tus labios, plañidera, hoy, ayer, nunca; ruptura de mis hojas, tus olvidos; letra enmarañada bajo el sueño y tú, con quien desposa la vigilia toda perdición. Me retienes bordeando paredes idénticas, voz y cielo parecidos, comunicándome mundos similares; pero tú, más alta aún, vigilas mi agonía: abstemia sombra manchada de tabernas. Árboles viejos como árboles. Alondras de sinuosa trayectoria sepultan en tus piernas mis deudos. Troncos de vieja condición marina van con lengua verborreica a los orígenes, vaticinios donde trazarías caminos de arena enardecida con un reloj de carne, mirándome, tolerada sobre el horizonte ya desastre. Lejanía llevándome hacia ti al fundirme en vehementes búsquedas sobre el nocturno lecho. Lluvia de pájaros: Canto encendido bajo tintas. Son cabaretes sudorosos vestidos mis harapos entre el ruido de gramófonos fuera de tiempo, parecidos a tus noches, oh Perniciosa, fulgor de mi ceguera; mujer que ruedas patasarriba mientras pregunto por ti, por lo que arrancas, Sanguinaria, del fondo de las depredaciones. Noche en sí mediante Cristos de hollín, más lágrima ordenada en batallón solo el destino, desdibujándome en cuadernos y fumarola de belitre estrella o bocanada de sobajados cigarrillos. Me desnaces. En el fondo de los ojos rompes fotografías tristes, yaciente sobre cojines de cemento a la hora del minuto al describir dibujos húmedos, asimilándome a fieras jabonosas, relajadas aún sobre sus garras: dañado aliento su comunión secreta, tú lo sabes, pero arrebatadas en noches insomniosas porque insistes en hundir las uñas en mi rostro mientras canto viejos valses sin atenderme, sin sujetar mis brazos, negándome la copa de la vida. No soy nadie, infundes apretadas neblinas a mi paso y añades selvas a mis platos ofendiendo piedras florecientes al borde de abisales tazas, este banco de gastada pata, mis manos un gesto después del crepúsculo como la duda de no verme en tu almohada, Sibila, informe perfección, no me olvides; devuélveme al coito de la vida. Yo, tu fantasma, el que nunca ha sido ni será, yo a quien darías puñaladas sin piedad dejándole morir a tus puertas. Yo, el más triste de tus amantes te lo pide.
II No soy quien soy, el que agoniza. ¿Luto sin cese soy? ¿Memoria sin recuerdo, o bien, tu sombra? ¿Olvido en cuanto pierdo la raíz al puro tacto más el fruto?
Sin tiempo, estela; o tela de un minuto. Sombra que sabe a tacto si te muerdo el fruto funeral. Exequias ver do- lerse el alma a tus ángeles en bruto.
Destino a secas soy. Mis lobregueces, en tu asma empollan. Cavo tu cisterna, no en el polvo, sino en la sed que nombras.
Pero sí soy quien soy, tosen los jueces. La luz apura el alma, y tu linterna, es sombra iluminada por mis sombras.