Una flor no ha traído jamás la primavera digna de la embrujada noche de tu cabello y que en blanda agonía, cercana de tu cuello bajo el tibio perfume de tu aliento muriera.
Ni seda se ha tejido por mágica hilandera, ni tul, ni encaje dignos de velar el destello de tus brazos, tus hombros, tu flanco donde el sello de su gracia dejaron la diosa y la quimera.
Aún no fue tallada la copa diamantina que de la vid colmada con la sangre divina merezca de tus labios la sapiente dulzura.
No hay plumas ni vellones, damascos ni tapices dignos de que en su felpa desnuda te deslices; ni sé qué amor exista digno de tu hermosura.